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domingo, 7 de octubre de 2018

Prejuicios



Los psicólogos sociales han reconocido desde siempre la importancia del prejuicio en el comportamiento social y en las sociedades humanas. En consecuencia, han estudiado este tema desde hace varias décadas, y han aprendido mucho sobre sus orígenes, naturaleza y efectos. El prejuicio es una actitud (usualmente negativa) hacia los miembros de algún grupo, que se basa exclusivamente en la pertenencia a dicho grupo. Una persona con prejuicios hacia un determinado grupo social evaluará a sus miembros de manera particular (normalmente negativa), simplemente en razón de la pertenencia a este grupo.
Rasgos o comportamientos individuales   no desempeñan un papel importante; los miembros de dicho grupo social desagradan (o agradan, en muy pocas ocasiones) por pertenecer a un grupo específico. Por su parte, la discriminación se refiere a acciones negativas hacia grupos que son víctimas del prejuicio. En consecuencia, los individuos con prejuicios hacia grupos específicos tienden a procesar la información sobre estos grupos de manera diferente a la manera en que procesan la información de otros grupos
En segundo lugar, en tanto actitud, el prejuicio incluye sentimientos o emociones negativas que se activan en las personas prejuiciadas cuando éstas se ven expuestas a, o simplemente piensan en, miembros de los grupos que les desagradan. El prejuicio también puede ser implícito: puede desencadenarse de forma prácticamente automática, ante la exposición a miembros de grupos hacia los que se dirige, e influir en el comportamiento aun cuando las personas con dicho prejuicio no sean conscientes de éste, e incluso nieguen su existencia.
Como el resto de actitudes, el prejuicio incluye creencias y expectativas relacionadas con los miembros de algunos grupos; por ejemplo, pensar que todos los miembros de estos grupos muestran ciertos rasgos comunes, creencias conocidas como estereotipos. El prejuicio puede incluir la tendencia a actuar en forma negativa con quienes son objeto del mismo. Cuando estas tendencias constituyen comportamientos manifiestos, devienen en diversas formas de discriminación. En primer lugar, los individuos tienen prejuicios debido a que éstos permiten reforzar su autoimagen. Cuando el individuo prejuiciado carga contra un grupo hacia el que tiene una visión negativa, esta situación le permite afirmar su autoconfianza y sentirse superior en varios aspectos.
En otras palabras, para ciertas personas el prejuicio puede jugar un importante papel en la protección o enaltecimiento de su autoconcepto. En segundo lugar, mantener prejuicios nos ahorra un considerable esfuerzo cognitivo. Y más específicamente, los estereotipos parecieran cumplir esta función. Una vez que se forman los estereotipos, no hace falta detenerse en un procesamiento de la información cuidadoso y sistemático; después de todo, al «saber» cómo son los miembros de un grupo, podemos confiar en el tipo de procesamiento heurístico de
creencias preconcebidas.
El prejuicio es una actitud (usualmente negativa) hacia miembros de algún grupo social, basada exclusivamente en la pertenencia a dicho grupo. Puede activarse de manera prácticamente automática, y puede ser de naturaleza tanto implícita como explícita. Como el resto de actitudes, el prejuicio influye en nuestro procesamiento de la información social, y en nuestras creencias y sentimientos con respecto a personas que pertenecen a varios grupos. El prejuicio persiste dado que puede enaltecer nuestra autoestima, y debido a que los estereotipos permiten una economía de esfuerzo mental.
Las actitudes no siempre se reflejan abiertamente en el comportamiento, y el prejuicio no es la excepción a esta regla. En muchos casos, quienes mantienen actitudes negativas hacia miembros de algunos grupos no manifiestan su prejuicio de forma directa. Leyes, presión social y miedo a represalias sirven para disuadir a las personas a que lleven sus visiones prejuiciadas a la práctica de manera explícita. Por esta razón, últimamente en muchos países se han reducido las formas más evidentes de discriminación, que consiste en acciones negativas hacia blancos de prejuicios raciales, étnicos o religiosos.
Como la mayoría de las personas suelen ocultar el racismo moderno (y otras formas de prejuicio), los psicólogos sociales han desarrollado maneras no entrometidas para estudiar dichas actitudes. Éstas han revelado mucho acerca de la naturaleza y las causas de los prejuicios. La manera más directa de medir el prejuicio es simplemente estimular a las personas para que manifiesten su visión sobre grupos de distinta raza, etnia o género (afroamericanos, judíos, mujeres). Pero en el siglo XXI pocas personas están dispuestas a admitir abiertamente sus prejuicios, y mucho menos ante extraños (como por ejemplo, psicólogos sociales investigando acerca de las actitudes).
En años recientes, los psicólogos sociales han reconocido que varias de las actitudes que tienen las personas son implícitas, esto es, existen e influyen en varias formas de comportamiento, pero quienes las poseen pueden no estar conscientes de su existencia. De hecho, en ocasiones negarían enfáticamente el tener determinadas actitudes, especialmente si éstas se refieren a temas de importancia como el prejuicio racial. A este respecto, la utilización de un dispositivo especial (conocido como bona fide pipeline, por contraposición a la bogus pipeline) hace uso del priming para estudiar actitudes racistas implícitas o que puedan activarse automáticamente.
Este procedimiento tiene varias etapas. En primer lugar, se presentan varios adjetivos a los participantes, frente a los cuales se pide señalar su significado «bueno» o «malo» mediante uno o dos botones (una fila de asteriscos precede la aparición inminente de los adjetivos). En segundo lugar, los participantes miran fotografías de personas que pertenecen a varios grupos étnicos o raciales. En una tercera fase, se muestran de nuevo las fotografías, frente a las cuales se ha de señalar si han sido vistas anteriormente (en realidad, sólo ha sido mostrada la mitad de las fotografías). La cuarta y última fase —que considera el priming— resulta crucial: los participantes deben volver a valorar lo «bueno» o «malo» del significado de los adjetivos, tras ser expuestos brevemente a rostros de personas pertenecientes a varios grupos raciales (negros, blancos, asiáticos, hispanos). Se supone que las actitudes racistas implícitas se pondrán de manifiesto a partir de cuán rápidas sean las respuestas ante las palabras.
Los hallazgos de investigación señalan que en efecto, las personas poseen actitudes racistas implícitas que son activadas automáticamente por miembros de grupos étnicos o raciales, y estas actitudes automáticamente activadas, a la vez, pueden influir en aspectos importantes del comportamiento, tales como la toma de decisiones que afecten a otros o lo amigables que seamos con ellos.
Otra modalidad de la discriminación en el mundo moderno es el emblematismo. Emplear personas por ser miembros emblemáticos de sus grupos es una forma de emblematismo, lo que puede ocurrir en diversos contextos. En su acepción general, el emblematismo implica llevar a cabo acciones positivas triviales dirigidas hacia personas blanco de prejuicios, lo que a la postre sirve de excusa o justificación frente a modalidades de discriminación posteriores.
En primer lugar, deja libre de sospechas a las personas prejuiciadas, ya que las acciones relacionadas con el emblematismo sirven como prueba en contra del racismo. En segundo lugar, pueden producirse daños en la autoestima y la confianza de las víctimas del prejuicio, lo que incluye a las pocas personas seleccionadas por emblemáticas o que reciben una pequeña ayuda por ello. En definitiva, el emblematismo es una forma sutil de discriminación que ha de evitarse.
La discriminación consiste en acciones negativas dirigidas hacia miembros de distintos grupos sociales. Si bien ha sido evidente la disminución de manifestaciones evidentes de discriminación, aún persisten formas sutiles de racismo como el emblematismo. La discriminación también puede provenir de la activación automática de actitudes implícitas y estereotipos (actitudes de las cuales los individuos pueden no ser conscientes).

Origen del prejuicio
La teoría del conflicto realista, de acuerdo con esta perspectiva, el prejuicio se deriva de la competencia entre grupos raciales por los beneficios y las oportunidades mejor valorados. En concreto, el prejuicio de desarrolla a partir de la lucha por empleo, vivienda, escuela y demás elementos deseados. Esta teoría sugiere, además, que dado que la competitividad sigue su curso, las visiones negativas de un grupo hacia el otro van en aumento. Cada cual etiqueta al contrario como «enemigo», ve al propio grupo como superior y traza límites cada vez más rígidos entre unos y otros. Como resultado de esto, lo que comenzó como una simple competición relativamente libre de odios se transforma en un prejuicio con fuerte carga emocional en toda su expresión.
La segunda explicación sobre los orígenes del prejuicio tiene una exposición sencilla: sugiere que el prejuicio es aprendido y que se desarrolla de la misma manera, y a través de los mismos mecanismos básicos que el resto de las actitudes. De acuerdo con esta perspectiva del aprendizaje social, los niños adquieren actitudes negativas hacia varios grupos sociales debido a que perciben estas visiones en padres, amigos, maestros y otros, las cuales son recompensadas al ser adquiridas (con amor, elogios y aprobación).
Además de la observación de los otros, también son importantes las normas sociales (reglas que en un grupo dado sugieren qué acciones o actitudes son las apropiadas). La experiencia directa con personas que pertenecen a otros grupos también moldea nuestras actitudes raciales, así como otros dos aspectos del prejuicio: la preocupación por actuar de forma prejuiciada y las restricciones o limitaciones al interactuar con personas de fuera de nuestro grupo
Una tercera perspectiva sobre los orígenes del prejuicio parte de un hecho básico: las personas por lo general dividen el mundo social en dos categorías distintas, nosotros y ellos, lo que refiere una categorización social. Es decir, las personas ven a los demás como pertenecientes al propio grupo (usualmente conocido como endogrupo) o a otro grupo (el exogrupo). Esta discriminación se basa en muchas dimensiones, tales como raza, religión, sexo, edad, procedencia étnica, ocupación e ingresos, por mencionar unas cuantas a los miembros del propio endogrupo y a miembros de varios exogrupos.
Los miembros de la primera categoría (nosotros) suelen verse en términos favorables, mientras que quienes entran en la segunda categoría (ellos) son percibidos de forma más negativa. Se asume que los miembros del exogrupo poseen rasgos indeseables, son muy similares entre sí (es decir, más homogéneos) a diferencia de los miembros de endogrupo, y desagradan en la mayoría de los casos.
La teoría de la identidad social sugiere que los individuos buscan enaltecer su autoestima mediante la identificación con grupos sociales específicos. Sin embargo, esta táctica resulta exitosa sólo si las personas implicadas perciben dichos grupos como superiores a otros grupos o competidores. Debido a que todos los individuos son proclives a esta tendencia, el resultado final es inevitable: cada grupo se ve a sí mismo como diferente de —y mejor que— sus rivales, lo que constituye un choque de percepciones sociales del que emerge el prejuicio.
El prejuicio proviene de diversas fuentes. Una es el conflicto intergrupal directo, situaciones en las que los grupos sociales compiten por unos mismos recursos que escasean. Una segunda base del prejuicio es la experiencia temprana y el aprendizaje social que implica esta experiencia. Los resultados de investigación indican que el grado de prejuicio de los padres y la experiencia directa de las personas durante su infancia con grupos minoritarios juegan un importante papel en la formación del prejuicio racial. Además,el prejuicio es consecuencia de nuestra tendencia a dividir el mundo en «nosotros» y «ellos», y ver a nuestro grupo social de manera más favorable que a diversos exogrupos.
La posibilidad de que el prejuicio derive, al menos en parte, de aspectos básicos de la cognición social, esto es, la forma en que pensamos acerca de otras personas, almacenamos e integramos información sobre ellas, y hacemos uso de la información para practicar inferencias o elaborar juicios sociales. En otras palabras, los estereotipos sugieren que quienes pertenecen a un grupo poseen una serie de rasgos, al menos en cierto grado. Al activarse los estereotipos, estos rasgos vienen rápidamente a tu mente, lo que explica la facilidad con la que probablemente puedes construir listas.
Tal como sucede con otros marcos cognitivos, los estereotipos tienen una fuerte influencia en la manera en que procesamos información social. La información relevante para un estereotipo activado se procesa más rápido y es recordada mejor que la información no relevante. De manera semejante, los estereotipos hacen que las personas que los poseen presten atención a un cierto tipo de información; por lo general, aquélla que es consistente con los estereotipos.
 Y cuando la información inconsistente con los estereotipos logra llegar a la conciencia, puede rechazarse o modificarse de forma sutil, con tal de hacerla consistente con los estereotipos. Lo más importante de los estereotipos es lo siguiente: podemos no ser conscientes del hecho de que estén operando, pero ello no impide su poderosa influencia en nuestros juicios o decisiones acerca de otras personas, e incluso nuestra manera de actuar frente a ellas. En particular, un conjunto de resultados cada vez mayor sugiere que los estereotipos implícitos predicen mejor las expresiones sutiles o espontáneas del prejuicio, a diferencia de las medidas explícitas obtenidas mediante cuestionarios u otros tipos de auto reporte. En definitiva, no debemos pasar por alto los estereotipos en nuestros esfuerzos por comprender la naturaleza básica de prejuicio y discriminación.
Las personas con fuertes prejuicios hacia un determinado grupo social realizan con frecuencia afirmaciones del tipo: «ya sabes cómo son ellos; ¿acaso no son todos iguales?». Este tipo de comentarios implican que los miembros del exogrupo son considerados más semejantes entre sí que los miembros del propio grupo. Esta tendencia a percibir como semejantes a quienes pertenecen a grupos distintos al nuestro se conoce como la ilusión de la homogeneidad del exogrupo.
La imagen en espejo de este proceso es la diferenciación del endogrupo, tendencia a percibir a miembros del propio grupo como personas muy diferentes entre sí, esto es, como más heterogéneos que los integrantes del resto de los grupos un fenómeno general conocido como el prejuicio de la apariencia, o prejuicio hacia personas que no son consideradas atractivas en sus respectivas sociedades.
En ocasiones el prejuicio deriva de aspectos básicos de la cognición social, esto es, la forma en que procesamos la información social. Los estereotipos son marcos cognitivos que sugieren que quienes pertenecen a un grupo social muestran características similares. Los estereotipos tienen una fuerte influencia en el pensamiento social. Por ejemplo, nos conducen a realizar inferencias tácitas acerca de los demás de manera tal que la información inconsistente con los estereotipos parezca consistente con éstos. Los estereotipos implícitos se activan automáticamente a partir de varios estímulos.
Aun cuando no seamos conscientes de su activación, ésta puede afectar poderosamente nuestro pensamiento sobre, y conducta hacia las personas que pertenecen a los grupos a que se refieren los estereotipos. Hallazgos de investigación señalan que los estereotipos están estrechamente vinculados al prejuicio; por ejemplo, las personas con elevado grado de prejuicio responden más rápidamente a palabras asociadas con ciertos estereotipos, a diferencia de quienes tienen un prejuicio menor.  
Otras fuentes cognitivas del prejuicio son las correlaciones ilusorias (tendencia a sobrestimar la fuerza de las relaciones entre categorías sociales y comportamientos negativos) y la ilusión de la homogeneidad del exogrupo (tendencia a percibir a miembros de exogrupos como más homogéneos entre sí, a diferencia de lo que ocurre con quienes integran el propio endogrupo). El prejuicio adquiere diversas formas; entre las más recientes se encuentra aquél que se dirige a las personas con sobrepeso. En respuesta a esto, quienes pertenecen a este grupo han emprendido acciones enérgicas para proteger sus derechos y promover legislación que les proteja y demás actuaciones en este sentido.
Los psicólogos sociales comparten esta visión: creen que los niños adquieren el prejuicio de sus padres, otros adultos, en las experiencias de la infancia, y de los media. A esta creencia sigue lógicamente una técnica útil para reducir el prejuicio: de alguna forma, debemos disuadir a padres y otros adultos de inculcar la discriminación en los niños.
Una posibilidad a este respecto es llamar la atención de los padres sobre su propio prejuicio. Pocas personas son propensas a autodescribirse como prejuiciadas; por el contrario, consideran completamente justificadas sus actitudes negativas hacia determinados grupos. En consecuencia, una primera etapa clave consiste en convencer a los padres de que existe un problema. Cuando éstos se enfrentan cara a cara con su propio prejuicio, muchos tienden a modificar sus palabras y comportamientos, con lo cual inculcan niveles de prejuicio más bajo a sus hijos.
Otro argumento que puede usarse para orientar a los padres a enseñar tolerancia antes que prejuicio se apoya en la evidencia acerca de los daños que el prejuicio ocasiona a quienes lo poseen, además de las consecuencias para las víctimas. En apariencia, las personas prejuiciadas viven en un mundo innecesariamente colmado de miedo, ansiedad e ira. Temen ser atacados por grupos sociales que suponen peligrosos, se preocupan por los problemas de salud que puedan provenir de estos grupos, y experimentan rabia y desórdenes emocionales ante lo que consideran incursiones injustificadas de los demás en sus vecindarios, escuelas u oficinas. En otras palabras, el prejuicio reduce a quien lo posee sus posibilidades de disfrutar de las actividades cotidianas y de la vida en general.
Sin embargo, por encima de estos costes se encuentra el aumento de autoestima que se produce tras despreciar o usar de chivo expiatorio a miembros del exogrupo. No obstante, resulta evidente que quienes poseen prejuicios étnicos y raciales sufren las consecuencias de la intolerancia. Debido a que la mayoría de los padres está dispuesta a hacer lo que sea por garantizar el bienestar de sus hijos, llamar la atención sobre estas consecuencias puede resultar efectivo para disuadir sobre la transmisión de prejuicios a los niños.
Se puede reducir el prejuicio si aumenta de alguna manera el grado de contacto entre los diferentes grupos con lo que se conoce como la hipótesis del contacto, estrategia de la que existen varias razones para predecir su efectividad. En primer lugar, un contacto mayor entre personas de uno y otro grupo conduce al reconocimiento cada vez mayor de semejanzas entre ambos. En segundo lugar, y a pesar de la resistencia al cambio de los estereotipos, éstos pueden alterarse cuando se encuentra suficiente información inconsistente, o bien cuando los individuos se topan con un gran número de excepciones a sus estereotipos.
En tercer lugar, un contacto mayor contrarresta la ilusión de la homogeneidad del exogrupo descrita anteriormente. La hipótesis del contacto ampliada sugiere que el contacto directo entre personas de diferentes grupos no es esencial para reducir el prejuicio. De hecho, estos efectos benéficos pueden producirse si las personas implicadas simplemente saben que personas de su propio grupo han establecido relaciones estrechas con individuos de otro grupo.
Los psicólogos sociales creen que el prejuicio no es inevitable; éste puede reducirse mediante diversas técnicas. Una de estas técnicas implica cambiar experiencias tempranas en los niños para evitar que padres y demás adultos inculquen prejuicios. Otra técnica refiere el contacto directo entre personas de diferentes grupos. Cuando esto ocurre bajo ciertas condiciones, se puede reducir el prejuicio. Resultados de investigación indican que saber tan sólo que miembros del propio endogrupo han establecido amistad con miembros de un exogrupo puede ser suficiente para reducir el prejuicio; esto se conoce como la hipótesis del contacto ampliada.
El modelo de la identidad endogrupal común, sugiere que cuando individuos que pertenecen a diferentes grupos sociales se ven a sí mismos como miembros de una entidad social única, las actitudes hacia cada uno de los grupos son más positivas. Como consecuencia de esto, las actitudes favorables promueven un aumento de contactos positivos entre miembros de grupos previamente separados, lo que en consecuencia reduce el prejuicio intergrupal existente hasta ese momento. En síntesis, debilitar o eliminar los límites «nosotros-ellos» existentes en un principio da paso a un proceso que permite reducir el prejuicio y la hostilidad en las personas implicadas.
En primer lugar, puede reducirse el impacto de los estereotipos al motivar a los otros a no ser prejuiciados De manera semejante, la dependencia de los estereotipos puede reducirse al alentar a los individuos a que piensen detenidamente en los demás; en concreto, al atender a las características únicas de los otros antes que a la pertenencia a varios grupos. Esto puede lograrse mediante la asignación de metas individuales que contemplen la adquisición de información única de cada miembro del grupo, en contraposición a información sobre una persona que se basa en generalizaciones a partir de características generales de su grupo. En pocas palabras, cuando se motiva a los individuos a ser precisos y tener recursos cognitivos suficientes para lograr esta meta, puede reducirse la dependencia de los estereotipos.
Otra forma de reducir la tendencia a pensar en forma estereotipada, que incluso puede resultar sorprendente, implica un entrenamiento diseñado para disminuir la activación automática de los estereotipos. Al adquirir estereotipos, los individuos aprenden a asociar ciertas características (por ejemplo, rasgos negativos como «pobre», «hostil» o «peligroso») con varios grupos étnicos o raciales; cuando esto ocurre, las personas de dichos grupos se convierten en estímulos que producen un efecto de priming, que refiere estereotipos étnicos y raciales que se activan automáticamente.
En psicología social está emergiendo una nueva perspectiva que reconoce al prejuicio como una calle de doble dirección. No sólo es importante entender la mente y el comportamiento de quienes mantienen prejuicios raciales, étnicos o de género; es igualmente importante considerar cómo reaccionan las víctimas ante estas actitudes y estereotipos, y el trato negativo que se deriva de ellos.
En ocasiones, el prejuicio puede reducirse mediante la recategorización, que consiste en cambiar el límite entre «nosotros» y «ellos», para incluir a personas en principio pertenecientes al exogrupo dentro de la categoría «nosotros». Las técnicas cognitivas también resultan efectivas para reducir el prejuicio. Con frecuencia, éstas se basan en motivar a los otros a no ser prejuiciados; por ejemplo, al hacer conscientes normas igualitarias y estándares requeridos para que todos disfruten de los mismos derechos.
El prejuicio puede disminuir asimismo cuando se entrena a los individuos a decir «no» ante las asociaciones entre estereotipos y grupos sociales específicos. La influencia social también hace posible la reducción del prejuicio, al suministrar a los individuos evidencias de que otras personas tienen menos prejuicios que ellos.  Recientemente ha aparecido en psicología social una nueva perspectiva, según la cual se considera a las víctimas del prejuicio como agentes activos que eligen las situaciones en las que se involucran, piensan de manera activa sobre lo que ocurre en estas situaciones, y responden ante ellas de maneras diferentes.
El término prejuicio parece implicar hostilidad y aversión; cuando en el habla cotidiana decimos que alguien está prejuiciado hacia personas que pertenecen a un grupo específico, inferimos que se trata de visiones francamente negativas del grupo en cuestión. Sin embargo, el prejuicio puede manifestarse de manera radicalmente opuesta. El sexismo o prejuicio basado en el género afecta a más de la mitad de la raza humana. En la actualidad, el sexismo se manifiesta de dos maneras opuestas: el sexismo hostil, que implica creencias negativas de las mujeres, y el sexismo benevolente, que refiere creencias positivas sobre ellas.
Los estereotipos de género desempeñan un importante papel en el sexismo. Son marcos cognitivos que sugieren que hombres y mujeres poseen características radicalmente diferentes en lo que a rasgos y patrones de comportamiento respecta. Aunque hombres y mujeres sean distintos en algunos aspectos, los estereotipos de género suelen exagerar estas diferencias.
Tanto hombres como mujeres expresan mayor respeto hacia los hombres, factor éste que juega un rol fundamental en el sexismo. Las propias expectativas constituyen un factor que impide el progreso de las mujeres. En líneas generales, las mujeres parecen tener expectativas más bajas que los hombres en relación con sus carreras profesionales; tienen expectativas de recibir un salario más bajo al empezar y menores aumentos de sueldo en perspectiva. En primer lugar, las mujeres esperan poder disfrutar de más tiempo fuera del trabajo (por ejemplo, para poder estar con sus hijos), lo que tiende a disminuir las expectativas de salarios elevados.
En segundo lugar, suelen asumir que las mujeres ganan menos dinero que los hombres. En tercer lugar,  suelen considerar normal ganar menos dinero que ellos. Finalmente, puede que lo más importante sea la tendencia de las mujeres a compararse con otras: ver que las mujeres en general ganan menos que los hombres puede llevarlas a la conclusión de que, después de todo, no lo están haciendo tan mal. Sea cual fuere el factor específico que provoca expectativas de salario más bajas en las mujeres, es indiscutible que las personas suelen obtener lo que aspiran o por lo que luchan. En consecuencia, puede que unas expectativas más bajas constituyan un elemento que juegue en contra en diversos contextos.
Como suele decirse, la confianza de por sí es lo que permite predecir mejor el éxito. Quienes aspiran a ser exitosos con frecuencia lo logran; en consecuencia, quienes piensan en toparse con el fracaso encuentran que esta predicción se cumple. Lamentablemente, las mujeres tienden a expresar una autoconfianza menor que los hombres en situaciones relacionadas con la obtención de logros; es posible que ello se deba a que las mujeres han sido víctimas del sexismo en dichas situaciones. Esto, a su vez, puede que haya incidido en que las mujeres no hayan conseguido igualarse a los hombres en muchos contextos laborales.
Otra razón que puede influir en una autoconfianza menor en las mujeres es haber aprendido, a través de amargas experiencias, que a ellas no les da buenos resultados utilizar las tácticas que usan los hombres para tener éxito. Sobre este particular, resultados de investigación indican que el uso de estrategias de autopromoción (manejo de impresiones) que han resultado muy exitosas para los hombres, suele traer consecuencias negativas a las mujeres (por ejemplo, reduce la posibilidad de ser elegidas; Por contraste, la modestia (mostrar humildad ante las propias habilidades y logros) puede reducir la valoración sobre la competencia de las mujeres pero aumentar su atractivo.



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