Los psicólogos sociales
han reconocido desde siempre la importancia del prejuicio en el comportamiento
social y en las sociedades humanas. En consecuencia, han estudiado este tema
desde hace varias décadas, y han aprendido mucho sobre sus orígenes, naturaleza
y efectos. El prejuicio es una actitud (usualmente negativa) hacia los miembros
de algún grupo, que se basa exclusivamente en la pertenencia a dicho grupo. Una
persona con prejuicios hacia un determinado grupo social evaluará a sus miembros
de manera particular (normalmente negativa), simplemente en razón de la
pertenencia a este grupo.
Rasgos o
comportamientos individuales no desempeñan
un papel importante; los miembros de dicho grupo social desagradan (o agradan,
en muy pocas ocasiones) por pertenecer a un grupo específico. Por su parte, la
discriminación se refiere a acciones negativas hacia grupos que son víctimas
del prejuicio. En consecuencia, los individuos con prejuicios hacia grupos
específicos tienden a procesar la información sobre estos grupos de manera
diferente a la manera en que procesan la información de otros grupos
En segundo lugar, en
tanto actitud, el prejuicio incluye sentimientos o emociones negativas que se
activan en las personas prejuiciadas cuando éstas se ven expuestas a, o
simplemente piensan en, miembros de los grupos que les desagradan. El prejuicio
también puede ser implícito: puede desencadenarse de forma prácticamente
automática, ante la exposición a miembros de grupos hacia los que se dirige, e
influir en el comportamiento aun cuando las personas con dicho prejuicio no
sean conscientes de éste, e incluso nieguen su existencia.
Como el resto de
actitudes, el prejuicio incluye creencias y expectativas relacionadas con los
miembros de algunos grupos; por ejemplo, pensar que todos los miembros de estos
grupos muestran ciertos rasgos comunes, creencias conocidas como estereotipos. El
prejuicio puede incluir la tendencia a actuar en forma negativa con quienes son
objeto del mismo. Cuando estas tendencias constituyen comportamientos manifiestos,
devienen en diversas formas de discriminación. En primer lugar, los individuos
tienen prejuicios debido a que éstos permiten reforzar su autoimagen. Cuando el
individuo prejuiciado carga contra un grupo hacia el que tiene una visión
negativa, esta situación le permite afirmar su autoconfianza y sentirse
superior en varios aspectos.
En otras palabras, para
ciertas personas el prejuicio puede jugar un importante papel en la protección
o enaltecimiento de su autoconcepto. En segundo lugar, mantener prejuicios nos
ahorra un considerable esfuerzo cognitivo. Y más específicamente, los
estereotipos parecieran cumplir esta función. Una vez que se forman los
estereotipos, no hace falta detenerse en un procesamiento de la información
cuidadoso y sistemático; después de todo, al «saber» cómo son los miembros de
un grupo, podemos confiar en el tipo de procesamiento heurístico de
creencias preconcebidas.
El prejuicio es una actitud (usualmente negativa) hacia miembros de
algún grupo social, basada exclusivamente en la pertenencia a dicho grupo.
Puede activarse de manera prácticamente automática, y puede ser de naturaleza
tanto implícita como explícita. Como el resto de actitudes, el prejuicio
influye en nuestro procesamiento de la información social, y en nuestras
creencias y sentimientos con respecto a personas que pertenecen a varios
grupos. El prejuicio persiste dado que puede enaltecer nuestra autoestima, y
debido a que los estereotipos permiten una economía de esfuerzo mental.
Las actitudes no
siempre se reflejan abiertamente en el comportamiento, y el prejuicio no es la
excepción a esta regla. En muchos casos, quienes mantienen actitudes negativas
hacia miembros de algunos grupos no manifiestan su prejuicio de forma directa.
Leyes, presión social y miedo a represalias sirven para disuadir a las personas
a que lleven sus visiones prejuiciadas a la práctica de manera explícita. Por
esta razón, últimamente en muchos países se han reducido las formas más evidentes
de discriminación, que consiste en acciones negativas hacia blancos de
prejuicios raciales, étnicos o religiosos.
Como la mayoría de las
personas suelen ocultar el racismo moderno (y otras formas de prejuicio), los
psicólogos sociales han desarrollado maneras no entrometidas para estudiar
dichas actitudes. Éstas han revelado mucho acerca de la naturaleza y las causas
de los prejuicios. La manera más directa de medir el prejuicio es simplemente
estimular a las personas para que manifiesten su visión sobre grupos de
distinta raza, etnia o género (afroamericanos, judíos, mujeres). Pero en el
siglo XXI pocas personas están dispuestas a admitir abiertamente sus
prejuicios, y mucho menos ante extraños (como por ejemplo, psicólogos sociales
investigando acerca de las actitudes).
En años recientes, los
psicólogos sociales han reconocido que varias de las actitudes que tienen las
personas son implícitas, esto es, existen e influyen en varias formas de
comportamiento, pero quienes las poseen pueden no estar conscientes de su
existencia. De hecho, en ocasiones negarían enfáticamente el tener determinadas
actitudes, especialmente si éstas se refieren a temas de importancia como el
prejuicio racial. A este respecto, la utilización de un dispositivo especial
(conocido como bona fide pipeline, por contraposición a la bogus pipeline) hace
uso del priming para estudiar actitudes racistas implícitas o que puedan
activarse automáticamente.
Este procedimiento
tiene varias etapas. En primer lugar, se presentan varios adjetivos a los
participantes, frente a los cuales se pide señalar su significado «bueno» o
«malo» mediante uno o dos botones (una fila de asteriscos precede la aparición
inminente de los adjetivos). En segundo lugar, los participantes miran
fotografías de personas que pertenecen a varios grupos étnicos o raciales. En
una tercera fase, se muestran de nuevo las fotografías, frente a las cuales se
ha de señalar si han sido vistas anteriormente (en realidad, sólo ha sido
mostrada la mitad de las fotografías). La cuarta y última fase —que considera
el priming— resulta crucial: los participantes deben volver a valorar lo
«bueno» o «malo» del significado de los adjetivos, tras ser expuestos brevemente
a rostros de personas pertenecientes a varios grupos raciales (negros, blancos,
asiáticos, hispanos). Se supone que las actitudes racistas implícitas se
pondrán de manifiesto a partir de cuán rápidas sean las respuestas ante las
palabras.
Los hallazgos de
investigación señalan que en efecto, las personas poseen actitudes racistas
implícitas que son activadas automáticamente por miembros de grupos étnicos o
raciales, y estas actitudes automáticamente activadas, a la vez, pueden influir
en aspectos importantes del comportamiento, tales como la toma de decisiones que
afecten a otros o lo amigables que seamos con ellos.
Otra modalidad de la
discriminación en el mundo moderno es el emblematismo. Emplear personas por ser
miembros emblemáticos de sus grupos es una forma de emblematismo, lo que puede
ocurrir en diversos contextos. En su acepción general, el emblematismo implica
llevar a cabo acciones positivas triviales dirigidas hacia personas blanco de
prejuicios, lo que a la postre sirve de excusa o justificación frente a
modalidades de discriminación posteriores.
En primer lugar, deja libre
de sospechas a las personas prejuiciadas, ya que las acciones relacionadas con el
emblematismo sirven como prueba en contra del racismo. En segundo lugar, pueden
producirse daños en la autoestima y la confianza de las víctimas del prejuicio,
lo que incluye a las pocas personas seleccionadas por emblemáticas o que
reciben una pequeña ayuda por ello. En definitiva, el emblematismo es una forma
sutil de discriminación que ha de evitarse.
La discriminación consiste en acciones negativas dirigidas hacia
miembros de distintos grupos sociales. Si bien ha sido evidente la disminución
de manifestaciones evidentes de discriminación, aún persisten formas sutiles de
racismo como el emblematismo. La discriminación también puede provenir de la
activación automática de actitudes implícitas y estereotipos (actitudes de las
cuales los individuos pueden no ser conscientes).
Origen del prejuicio
La teoría del conflicto
realista, de acuerdo con esta perspectiva, el prejuicio se deriva de la
competencia entre grupos raciales por los beneficios y las oportunidades mejor
valorados. En concreto, el prejuicio de desarrolla a partir de la lucha por
empleo, vivienda, escuela y demás elementos deseados. Esta teoría sugiere,
además, que dado que la competitividad sigue su curso, las visiones negativas
de un grupo hacia el otro van en aumento. Cada cual etiqueta al contrario como
«enemigo», ve al propio grupo como superior y traza límites cada vez más
rígidos entre unos y otros. Como resultado de esto, lo que comenzó como una
simple competición relativamente libre de odios se transforma en un prejuicio
con fuerte carga emocional en toda su expresión.
La segunda explicación
sobre los orígenes del prejuicio tiene una exposición sencilla: sugiere que el
prejuicio es aprendido y que se desarrolla de la misma manera, y a través de
los mismos mecanismos básicos que el resto de las actitudes. De acuerdo con
esta perspectiva del aprendizaje social, los niños adquieren actitudes
negativas hacia varios grupos sociales debido a que perciben estas visiones en
padres, amigos, maestros y otros, las cuales son recompensadas al ser
adquiridas (con amor, elogios y aprobación).
Además de la
observación de los otros, también son importantes las normas sociales (reglas
que en un grupo dado sugieren qué acciones o actitudes son las apropiadas). La
experiencia directa con personas que pertenecen a otros grupos también moldea nuestras
actitudes raciales, así como otros dos aspectos del prejuicio: la preocupación por
actuar de forma prejuiciada y las restricciones o limitaciones al interactuar
con personas de fuera de nuestro grupo
Una tercera perspectiva
sobre los orígenes del prejuicio parte de un hecho básico: las personas por lo
general dividen el mundo social en dos categorías distintas, nosotros y ellos,
lo que refiere una categorización social. Es decir, las personas ven a los
demás como pertenecientes al propio grupo (usualmente conocido como endogrupo)
o a otro grupo (el exogrupo). Esta discriminación se basa en muchas dimensiones,
tales como raza, religión, sexo, edad, procedencia étnica, ocupación e
ingresos, por mencionar unas cuantas a los miembros del propio endogrupo y a
miembros de varios exogrupos.
Los miembros de la
primera categoría (nosotros) suelen verse en términos favorables, mientras que
quienes entran en la segunda categoría (ellos) son percibidos de forma más negativa.
Se asume que los miembros del exogrupo poseen rasgos indeseables, son muy
similares entre sí (es decir, más homogéneos) a diferencia de los miembros de endogrupo,
y desagradan en la mayoría de los casos.
La teoría de la
identidad social sugiere que los individuos buscan enaltecer su autoestima
mediante la identificación con grupos sociales específicos. Sin embargo, esta
táctica resulta exitosa sólo si las personas implicadas perciben dichos grupos
como superiores a otros grupos o competidores. Debido a que todos los
individuos son proclives a esta tendencia, el resultado final es inevitable:
cada grupo se ve a sí mismo como diferente de —y mejor que— sus rivales, lo que
constituye un choque de percepciones sociales del que emerge el prejuicio.
El prejuicio proviene
de diversas fuentes. Una es el conflicto intergrupal directo, situaciones en
las que los grupos sociales compiten por unos mismos recursos que escasean. Una
segunda base del prejuicio es la experiencia temprana y el aprendizaje social
que implica esta experiencia. Los resultados de investigación indican que el
grado de prejuicio de los padres y la experiencia directa de las personas
durante su infancia con grupos minoritarios juegan un importante papel en la
formación del prejuicio racial. Además,el prejuicio es consecuencia de nuestra
tendencia a dividir el mundo en «nosotros» y «ellos», y ver a nuestro grupo
social de manera más favorable que a diversos exogrupos.
La posibilidad de que
el prejuicio derive, al menos en parte, de aspectos básicos de la cognición
social, esto es, la forma en que pensamos acerca de otras personas, almacenamos
e integramos información sobre ellas, y hacemos uso de la información para
practicar inferencias o elaborar juicios sociales. En otras palabras, los
estereotipos sugieren que quienes pertenecen a un grupo poseen una serie de
rasgos, al menos en cierto grado. Al activarse los estereotipos, estos rasgos
vienen rápidamente a tu mente, lo que explica la facilidad con la que
probablemente puedes construir listas.
Tal como sucede con
otros marcos cognitivos, los estereotipos tienen una fuerte influencia en la
manera en que procesamos información social. La información relevante para un
estereotipo activado se procesa más rápido y es recordada mejor que la
información no relevante. De manera semejante, los estereotipos hacen que las
personas que los poseen presten atención a un cierto tipo de información; por
lo general, aquélla que es consistente con los estereotipos.
Y cuando la información inconsistente con los
estereotipos logra llegar a la conciencia, puede rechazarse o modificarse de
forma sutil, con tal de hacerla consistente con los estereotipos. Lo más importante
de los estereotipos es lo siguiente: podemos no ser conscientes del hecho de
que estén operando, pero ello no impide su poderosa influencia en nuestros
juicios o decisiones acerca de otras personas, e incluso nuestra manera de
actuar frente a ellas. En particular, un conjunto de resultados cada vez mayor
sugiere que los estereotipos implícitos predicen mejor las expresiones sutiles o
espontáneas del prejuicio, a diferencia de las medidas explícitas obtenidas mediante
cuestionarios u otros tipos de auto reporte. En definitiva, no debemos pasar
por alto los estereotipos en nuestros esfuerzos por comprender la naturaleza
básica de prejuicio y discriminación.
Las personas con
fuertes prejuicios hacia un determinado grupo social realizan con frecuencia afirmaciones
del tipo: «ya sabes cómo son ellos; ¿acaso no son todos iguales?». Este tipo de
comentarios implican que los miembros del exogrupo son considerados más
semejantes entre sí que los miembros del propio grupo. Esta tendencia a
percibir como semejantes a quienes pertenecen a grupos distintos al nuestro se
conoce como la ilusión de la homogeneidad del exogrupo.
La imagen en espejo de
este proceso es la diferenciación del endogrupo, tendencia a percibir a
miembros del propio grupo como personas muy diferentes entre sí, esto es, como
más heterogéneos que los integrantes del resto de los grupos un fenómeno
general conocido como el prejuicio de la apariencia, o prejuicio hacia personas
que no son consideradas atractivas en sus respectivas sociedades.
En ocasiones el
prejuicio deriva de aspectos básicos de la cognición social, esto es, la forma en
que procesamos la información social. Los estereotipos son marcos cognitivos
que sugieren que quienes pertenecen a un grupo social muestran características
similares. Los estereotipos tienen una fuerte influencia en el pensamiento social.
Por ejemplo, nos conducen a realizar inferencias tácitas acerca de los demás de
manera tal que la información inconsistente con los estereotipos parezca
consistente con éstos. Los estereotipos implícitos se activan automáticamente a
partir de varios estímulos.
Aun cuando no seamos
conscientes de su activación, ésta puede afectar poderosamente nuestro pensamiento
sobre, y conducta hacia las personas que pertenecen a los grupos a que se
refieren los estereotipos. Hallazgos de investigación señalan que los
estereotipos están estrechamente vinculados al prejuicio; por ejemplo, las
personas con elevado grado de prejuicio responden más rápidamente a palabras
asociadas con ciertos estereotipos, a diferencia de quienes tienen un prejuicio
menor.
Otras fuentes
cognitivas del prejuicio son las correlaciones ilusorias (tendencia a
sobrestimar la fuerza de las relaciones entre categorías sociales y
comportamientos negativos) y la ilusión de la homogeneidad del exogrupo
(tendencia a percibir a miembros de exogrupos como más homogéneos entre sí, a
diferencia de lo que ocurre con quienes integran el propio endogrupo). El
prejuicio adquiere diversas formas; entre las más recientes se encuentra aquél
que se dirige a las personas con sobrepeso. En respuesta a esto, quienes
pertenecen a este grupo han emprendido acciones enérgicas para proteger sus
derechos y promover legislación que les proteja y demás actuaciones en este
sentido.
Los psicólogos sociales
comparten esta visión: creen que los niños adquieren el prejuicio de sus
padres, otros adultos, en las experiencias de la infancia, y de los media. A
esta creencia sigue lógicamente una técnica útil para reducir el prejuicio: de
alguna forma, debemos disuadir a padres y otros adultos de inculcar la
discriminación en los niños.
Una posibilidad a este
respecto es llamar la atención de los padres sobre su propio prejuicio. Pocas
personas son propensas a autodescribirse como prejuiciadas; por el contrario,
consideran completamente justificadas sus actitudes negativas hacia
determinados grupos. En consecuencia, una primera etapa clave consiste en
convencer a los padres de que existe un problema. Cuando éstos se enfrentan
cara a cara con su propio prejuicio, muchos tienden a modificar sus palabras y
comportamientos, con lo cual inculcan niveles de prejuicio más bajo a sus
hijos.
Otro argumento que
puede usarse para orientar a los padres a enseñar tolerancia antes que
prejuicio se apoya en la evidencia acerca de los daños que el prejuicio ocasiona
a quienes lo poseen, además de las consecuencias para las víctimas. En
apariencia, las personas prejuiciadas viven en un mundo innecesariamente
colmado de miedo, ansiedad e ira. Temen ser atacados por grupos sociales que
suponen peligrosos, se preocupan por los problemas de salud que puedan provenir
de estos grupos, y experimentan rabia y desórdenes emocionales ante lo que
consideran incursiones injustificadas de los demás en sus vecindarios, escuelas
u oficinas. En otras palabras, el prejuicio reduce a quien lo posee sus
posibilidades de disfrutar de las actividades cotidianas y de la vida en
general.
Sin embargo, por encima
de estos costes se encuentra el aumento de autoestima que se produce tras
despreciar o usar de chivo expiatorio a miembros del exogrupo. No obstante,
resulta evidente que quienes poseen prejuicios étnicos y raciales sufren las
consecuencias de la intolerancia. Debido a que la mayoría de los padres está
dispuesta a hacer lo que sea por garantizar el bienestar de sus hijos, llamar
la atención sobre estas consecuencias puede resultar efectivo para disuadir
sobre la transmisión de prejuicios a los niños.
Se puede reducir el
prejuicio si aumenta de alguna manera el grado de contacto entre los diferentes
grupos con lo que se conoce como la hipótesis del contacto, estrategia de la
que existen varias razones para predecir su efectividad. En primer lugar, un
contacto mayor entre personas de uno y otro grupo conduce al reconocimiento
cada vez mayor de semejanzas entre ambos. En segundo lugar, y a pesar de la
resistencia al cambio de los estereotipos, éstos pueden alterarse cuando se
encuentra suficiente información inconsistente, o bien cuando los individuos se
topan con un gran número de excepciones a sus estereotipos.
En tercer lugar, un
contacto mayor contrarresta la ilusión de la homogeneidad del exogrupo descrita
anteriormente. La hipótesis del contacto ampliada sugiere que el contacto
directo entre personas de diferentes grupos no es esencial para reducir el
prejuicio. De hecho, estos efectos benéficos pueden producirse si las personas
implicadas simplemente saben que personas de su propio grupo han establecido
relaciones estrechas con individuos de otro grupo.
Los psicólogos sociales
creen que el prejuicio no es inevitable; éste puede reducirse mediante diversas
técnicas. Una de estas técnicas implica cambiar experiencias tempranas en los
niños para evitar que padres y demás adultos inculquen prejuicios. Otra técnica
refiere el contacto directo entre personas de diferentes grupos. Cuando esto
ocurre bajo ciertas condiciones, se puede reducir el prejuicio. Resultados de
investigación indican que saber tan sólo que miembros del propio endogrupo han
establecido amistad con miembros de un exogrupo puede ser suficiente para reducir
el prejuicio; esto se conoce como la hipótesis del contacto ampliada.
El modelo de la
identidad endogrupal común, sugiere que cuando individuos que pertenecen a
diferentes grupos sociales se ven a sí mismos como miembros de una entidad
social única, las actitudes hacia cada uno de los grupos son más positivas. Como
consecuencia de esto, las actitudes favorables promueven un aumento de contactos
positivos entre miembros de grupos previamente separados, lo que en
consecuencia reduce el prejuicio intergrupal existente hasta ese momento. En
síntesis, debilitar o eliminar los límites «nosotros-ellos» existentes en un
principio da paso a un proceso que permite reducir el prejuicio y la hostilidad
en las personas implicadas.
En primer lugar, puede
reducirse el impacto de los estereotipos al motivar a los otros a no ser
prejuiciados De manera semejante, la dependencia de los estereotipos puede
reducirse al alentar a los individuos a que piensen detenidamente en los demás;
en concreto, al atender a las características únicas de los otros antes que a
la pertenencia a varios grupos. Esto puede lograrse mediante la asignación de
metas individuales que contemplen la adquisición de información única de cada
miembro del grupo, en contraposición a información sobre una persona que se
basa en generalizaciones a partir de características generales de su grupo. En
pocas palabras, cuando se motiva a los individuos a ser precisos y tener
recursos cognitivos suficientes para lograr esta meta, puede reducirse la
dependencia de los estereotipos.
Otra forma de reducir
la tendencia a pensar en forma estereotipada, que incluso puede resultar
sorprendente, implica un entrenamiento diseñado para disminuir la activación
automática de los estereotipos. Al adquirir estereotipos, los individuos aprenden
a asociar ciertas características (por ejemplo, rasgos negativos como «pobre»,
«hostil» o «peligroso») con varios grupos étnicos o raciales; cuando esto ocurre,
las personas de dichos grupos se convierten en estímulos que producen un efecto
de priming, que refiere estereotipos étnicos y raciales que se activan
automáticamente.
En psicología social
está emergiendo una nueva perspectiva que reconoce al prejuicio como una calle
de doble dirección. No sólo es importante entender la mente y el comportamiento
de quienes mantienen prejuicios raciales, étnicos o de género; es igualmente
importante considerar cómo reaccionan las víctimas ante estas actitudes y
estereotipos, y el trato negativo que se deriva de ellos.
En ocasiones, el
prejuicio puede reducirse mediante la recategorización, que consiste en cambiar
el límite entre «nosotros» y «ellos», para incluir a personas en principio
pertenecientes al exogrupo dentro de la categoría «nosotros». Las técnicas
cognitivas también resultan efectivas para reducir el prejuicio. Con
frecuencia, éstas se basan en motivar a los otros a no ser prejuiciados; por
ejemplo, al hacer conscientes normas igualitarias y estándares requeridos para
que todos disfruten de los mismos derechos.
El prejuicio puede
disminuir asimismo cuando se entrena a los individuos a decir «no» ante las
asociaciones entre estereotipos y grupos sociales específicos. La influencia
social también hace posible la reducción del prejuicio, al suministrar a los individuos
evidencias de que otras personas tienen menos prejuicios que ellos. Recientemente ha aparecido en psicología
social una nueva perspectiva, según la cual se considera a las víctimas del
prejuicio como agentes activos que eligen las situaciones en las que se
involucran, piensan de manera activa sobre lo que ocurre en estas situaciones, y
responden ante ellas de maneras diferentes.
El término prejuicio
parece implicar hostilidad y aversión; cuando en el habla cotidiana decimos que
alguien está prejuiciado hacia personas que pertenecen a un grupo específico,
inferimos que se trata de visiones francamente negativas del grupo en cuestión.
Sin embargo, el prejuicio puede manifestarse de manera radicalmente opuesta. El
sexismo o prejuicio basado en el género afecta a más de la mitad de la raza
humana. En la actualidad, el sexismo se manifiesta de dos maneras opuestas: el
sexismo hostil, que implica creencias negativas de las mujeres, y el sexismo
benevolente, que refiere creencias positivas sobre ellas.
Los estereotipos de
género desempeñan un importante papel en el sexismo. Son marcos cognitivos que
sugieren que hombres y mujeres poseen características radicalmente diferentes
en lo que a rasgos y patrones de comportamiento respecta. Aunque hombres y
mujeres sean distintos en algunos aspectos, los estereotipos de género suelen exagerar
estas diferencias.
Tanto hombres como
mujeres expresan mayor respeto hacia los hombres, factor éste que juega un rol
fundamental en el sexismo. Las propias expectativas constituyen un factor que impide
el progreso de las mujeres. En líneas generales, las mujeres parecen tener expectativas
más bajas que los hombres en relación con sus carreras profesionales; tienen
expectativas de recibir un salario más bajo al empezar y menores aumentos de
sueldo en perspectiva. En primer lugar, las mujeres esperan poder disfrutar de
más tiempo fuera del trabajo (por ejemplo, para poder estar con sus hijos), lo
que tiende a disminuir las expectativas de salarios elevados.
En segundo lugar, suelen
asumir que las mujeres ganan menos dinero que los hombres. En tercer lugar, suelen considerar normal ganar menos dinero
que ellos. Finalmente, puede que lo más importante sea la tendencia de las
mujeres a compararse con otras: ver que las mujeres en general ganan menos que
los hombres puede llevarlas a la conclusión de que, después de todo, no lo
están haciendo tan mal. Sea cual fuere el factor específico que provoca expectativas
de salario más bajas en las mujeres, es indiscutible que las personas suelen
obtener lo que aspiran o por lo que luchan. En consecuencia, puede que unas expectativas
más bajas constituyan un elemento que juegue en contra en diversos contextos.
Como suele decirse, la
confianza de por sí es lo que permite predecir mejor el éxito. Quienes aspiran
a ser exitosos con frecuencia lo logran; en consecuencia, quienes piensan en
toparse con el fracaso encuentran que esta predicción se cumple.
Lamentablemente, las mujeres tienden a expresar una autoconfianza menor que los
hombres en situaciones relacionadas con la obtención de logros; es posible que
ello se deba a que las mujeres han sido víctimas del sexismo en dichas
situaciones. Esto, a su vez, puede que haya incidido en que las mujeres no
hayan conseguido igualarse a los hombres en muchos contextos laborales.
Otra razón que puede
influir en una autoconfianza menor en las mujeres es haber aprendido, a través
de amargas experiencias, que a ellas no les da buenos resultados utilizar las
tácticas que usan los hombres para tener éxito. Sobre este particular, resultados
de investigación indican que el uso de estrategias de autopromoción (manejo de
impresiones) que han resultado muy exitosas para los hombres, suele traer
consecuencias negativas a las mujeres (por ejemplo, reduce la posibilidad de ser
elegidas; Por contraste, la modestia (mostrar humildad ante las propias
habilidades y logros) puede reducir la valoración sobre la competencia de las
mujeres pero aumentar su atractivo.




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