No es posible encasillar un tema tan
importante como la preocupación por el deterioro del medio ambiente y el cambio
climático, y sus consecuencias presentes y futuras, en fundamentos teóricos,
científicos o prácticos. Tal imposibilidad abarca también el tratar de
delimitar dicho deterioro a las fronteras de cada país o sus consecuencias al
grado de desarrollo que estos tengan o a las cifras de su Producto Interno
Bruto.
Sin embargo, se insiste en
esta falacia cuando la Organización de las Naciones Unidas en su Agenda 2015
para el Desarrollo Sostenible reconoce que cada país es el responsable de su
propio desarrollo económico y social haciendo evidente el predominio de los
intereses nacionales sobre los globales y la resistencia de los países
industrializados a plantearse un cambio en los estilos de vida de sus
sociedades.
Remontando esta historia
inconclusa, el medio ambiente se convirtió en una cuestión de importancia
internacional en 1972, cuando se celebró en Estocolmo la Conferencia de las
Naciones Unidas sobre el Medio Humano. Posteriormente, en la Cumbre de la
Tierra del año 1992, en Río de Janeiro, se aprobaron tres grandes acuerdos en
este tema: el Programa 21, un plan de acción mundial para promover el
desarrollo sostenible; la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el
Desarrollo, un conjunto de principios en los que se definían los derechos civiles
y obligaciones de los Estados; y una Declaración de principios relativos a los
bosques.
El Programa 21 incluía propuestas
en cuestiones sociales y económicas, como la lucha contra la pobreza, la
evolución de las modalidades de producción y de consumo, la dinámica
demográfica, la conservación y ordenación de los recursos naturales, la
protección de la atmósfera, los océanos y la diversidad biológica, la
prevención de la deforestación y el fomento de la agricultura sostenible. El seguimiento a este Programa se realizó
en 2002 en la Cumbre de Johannesburgo, con la adopción de compromisos concretos
con relación al Programa 21 y el logro del desarrollo sostenible o sustentable.
Para alcanzar semejante
alianza global, los países industrializados y los países en desarrollo debían
adquirir un conjunto de compromisos diferenciados y complementarios: el Norte,
al reconocer que sus modelos de desarrollo y sus estilos de vida son los mayores
causantes de los problemas ambientales más graves del planeta y que tendrían
que traducirse en una transferencia de recursos nuevos y adicionales hacia los
países en desarrollo, así como en una transferencia de tecnologías, en forma
concesional o preferencial. El Sur, por su parte debía comprometerse a llevar a
cabo los programas prioritarios acordados en Río para colocar estas sociedades
en la senda del desarrollo sostenible y adoptar medidas adicionales de ser el
caso para asimilar dichas transferencias.
Las dificultades de
conciliar los intereses internacionales y los intereses nacionales, conclusión
a la que se llega al evaluar las causas de los objetivos no alcanzados por el
Programa 21, derrotaron la consigna que para resolver los problemas críticos
del medio ambiente y el desarrollo, se necesita una solidaridad global. A esta
conclusión se llega en la Agenda 2015 de la ONU y que lleva la evaluación de
sus objetivos hasta el año 2030, junto con la erradicación de la pobreza,
estado sin el cual no se podría lograr el desarrollo sustentable.
A nivel académico, el
Desarrollo Sustentable ha sido definido como la capacidad de obtener niveles de
crecimiento económico y progresos sociales con equidad, sin comprometer la base
natural que sustenta la actual población y que permita satisfacer las
necesidades de las futuras generaciones. A partir de esta definición se
desprenden tres nociones de sustentabilidad: (1) sustentabilidad económica: comprende
el uso del sistema de recursos naturales de tal forma que se genere
rentabilidad razonable y estable a través del tiempo; (2) sustentabilidad
social: se manifiesta en la compatibilidad de los objetivos de la organización
con los valores culturales, éticos y religiosos; y (3) sustentabilidad
ambiental o ecológica: mantenimiento, en forma indefinida, de las
características principales del ecosistema en uso. (Bustillo, 2008).
La incorporación de la
noción de sustentabilidad, como una de las características deseables y
relevantes del desarrollo, que se propuso y ganó aceptación fundamentalmente en
la segunda mitad de los años 80 y principios de los años 90 del siglo XX. A
partir de entonces se incorporan dos elementos en las modernas Teorías del
Desarrollo: el reconocimiento de que los sistemas económicos tienen que
mantener en el tiempo la capacidad de satisfacer las necesidades humanas y que
los objetivos económicos no pueden alcanzarse desvinculados de los sociales y
los ambientales.
En el ámbito social, el tema
tiene una connotación de supervivencia cuando para alcanzar determinados
estándares de progreso se sacrifica la conservación del medio ambiente. A pesar
de la importancia del tema, de las múltiples visiones que hacen uso del mismo
para alcanzar cualquier tipo de objetivo que se proponga, en realidad los
esfuerzos en su promoción no han alcanzado los resultados esperados. La causa
principal de este retraso se encuentra en la separación, casi irreconciliable,
entre los ámbitos científico, político y económico, que conforman los pilares
en los que se fundamenta el desarrollo sustentable.
Si el estudio del desarrollo
sustentable se aborda desde la perspectiva economicista, en la cual la naturaleza
es vista como un instrumento en beneficio del hombre para ser explotada y
mejorar la calidad de vida, la degradación de la naturaleza es vista como un
proceso externo al mercado y las condiciones perfectas de este garantizarían la
conservación de los recursos naturales.
Esta conclusión se obtiene
luego de determinar que cuando el precio se eleva, el productor asumiría
técnicas de conservación y se asegurarían la sustentabilidad de los recursos. Bajo
esta visión, y a través de los mecanismos de globalización, los países industrializados
mantienen los niveles de consumo mediante la explotación de recursos en países
con menor nivel tecnológico mayor pobreza y dependencia tecnológica y cultural.
En el ámbito privado la
noción de sustentabilidad se encuentra enmarcado en el concepto de
Responsabilidad Social Empresaria (RSE), definido como el proceso por el cual
las empresas negocian su rol en la sociedad, lo que implica que es la sociedad
en su conjunto es quien determina si una organización es o no socialmente
responsable. Las bases fundamentales se asocian con: los diseños de productos
amigables con el medio ambiente y la responsabilidad por el ciclo de vida
completo haciendo especial hincapié en la recuperación, reciclaje,
reutilización y disposición final de los productos o sus partes componentes.
Si re revisa el desarrollo sustentable
bajo una perspectiva ecológica, se trata de un atributo del sistema socio-ecológico
que defiende las condiciones originales del ecosistema, debido a que en la interacción
sociedad- naturaleza, los seres humanos como colonizadores de los sistemas
naturales alteran parámetros importantes de estos últimos. La discusión sobre
la visión que se escoja es fundamental, ya que dependiendo del enfoque que prevalezca
se diseñan y operativizan los instrumentos en política económica ambiental.
La definición operativa
sobre lo que implica mantener la sustentabilidad del entorno natural no está
exenta de críticas, pero supone asumir modalidades de producción y de consumo
compatibles con los recursos naturales disponibles, que sean compatibles con
las capacidades de asimilación de residuos y emisiones por parte del medio
ambiente, y que permitan conservar las funciones de soporte de la vida, es
decir, el equilibrio de los ecosistemas y los servicios que ellos prestan. La
reorientación que esto implica supone modificaciones en la dinámica propia de
los mercados, pero requerirá ser complementada con la intervención del Estado,
a través del estímulo o la restricción en la producción de determinados bienes.
Es importante destacar que América
Latina es considerada la zona más desigual del planeta. Muestra de tal
situación son las estadísticas de distribución del ingreso y pobreza: el decil
más acomodado de la población latinoamericana absorbe 40% del ingreso de la región,
mientras que los tres deciles más pobres apenas alcanzan al 7,5%. La educación,
en especial, aparece como nudo del problema, por los bajos niveles de
preparación de la población y la mala distribución de los años de escolaridad
de la fuerza laboral.
El desarrollo tecnológico en
este mundo globalizado es tan veloz, que las generaciones tecnológicas se
acortan, presionando por nuevas estrategias y soluciones productivas que, a su
vez, demandan nuevas capacidades en los trabajadores y reformas en los sistemas
educativos y de formación laboral. Para sobrevivir se requiere el manejo de los
procesos de cambio tecnológico para responder a la aparición de nuevas
profesiones y ocupaciones junto a la desaparición o transformación de otras, al
creciente grado de automatización de los procesos productivos, a la informatización
de los servicios y al avance producido en las comunicaciones. (Fe y Alegría,
1999)
La ciencia y la tecnología
han sido fuerzas importantes detrás de las tendencias positivas y negativas de desarrollo.
Aunque por sí misma la Ciencia y la Tecnología no puede lograr el objetivo de
una mayor sustentabilidad, ya que los individuos y las instituciones deben
elegir si y cómo usar la información y el conocimiento producidos por ella, es
esencial para proporcionar opciones e informar las decisiones que permitan a la
sociedad moverse hacia sendas más sostenibles. Al hacerlo, sin embargo, es
importante examinar estrechamente las maneras como las instituciones sociales,
los procesos y valores dan forma a las prioridades de investigación y
desarrollo, y las condiciones bajo las cuales sus beneficios potenciales pueden
cosecharse.
En este sentido, y sobre la
base de “regreso a lo local” que asegura la ONU para el 2030, la
sustentabilidad no se puede interpretar como simplemente referida al manejo
racional del medio ambiente, sino que debe aludir a un proceso de
desenvolvimiento social basado en la interacción constructiva y sinérgica de
las dimensiones ambiental, económica, productiva, sociocultural y política,
sobre la base tecnológica e institucional de la sociedad, respetando y
motivando las diferencias culturales, enriquecidas a través de la comunicación
y el sentido de tolerancia.
Sustentabilidad implica un
crecimiento económico con equidad social; la plena participación ciudadana en
convivencia pacífica en la diversidad cultural y en armonía con la naturaleza;
y la transformación de los métodos de producción y de los patrones de consumo
respetando el equilibrio y mejorando la base ecológica que se recibe.
En este sentido la
Organización de las Naciones Unidas insiste en que la pobreza va más allá de la falta de
ingresos y recursos para garantizar unos medios de vida sostenibles. Entre sus
manifestaciones se incluyen el hambre y la malnutrición, el acceso limitado a
la educación y a otros servicios básicos, la discriminación y la exclusión
sociales y la falta de participación en la adopción de decisiones.
Coincidimos en que este es
el objetivo, lo que seguirá siendo tema de debate es cómo lograrlo; sin embargo,
resulta preocupante que una de las causas que da la Organización de las
Naciones Unidas sobre el escaso éxito que han tenido las políticas públicas
para erradicar la pobreza, sea la falta de transparencia de las instituciones
públicas (ONU, 2015). Esperaremos las conclusiones del 2030.




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