POBREZA, TECNOLOGÍA Y CAMBIO
CLIMÁTICO
La pobreza no es solo una cuestión económica de falta
de ingresos; por el contrario se trata de un fenómeno multidimensional que
comprende la falta de las capacidades básicas para vivir con dignidad. La
pobreza es en sí misma un problema de derechos humanos, pues se caracteriza por
vulneraciones múltiples e interconexas de los derechos civiles, políticos,
económicos, sociales y culturales, y las personas que viven en ella se ven
expuestas regularmente a la denegación de su dignidad e igualdad.
Los investigadores se enfocan en diez dimensiones interrelacionadas de
la pobreza: estilos de vida precarios, áreas excluidas, problemas físicos,
relaciones de género, problemas en las relaciones sociales, falta de seguridad,
abuso por parte de aquellos en el poder, instituciones des-empoderadoras,
organizaciones comunitarias débiles y limitaciones en las capacidades de los
pobres.
La inclusión de diversos puntos de vista sobre la pobreza es, hasta
cierto punto, el resultado del método, pero representa un enfoque particular
sobre la pobreza; esto es: la pobreza no es una condición única, fácilmente identificable,
sino un conjunto fluctuante de situaciones. Puede ser que los problemas
identificados por la población pobre no sean los mismos que otras personas
identifican como “pobreza”, pero de todas maneras estos problemas son
importantes para las personas afectadas. Entonces, este enfoque para entender
la pobreza tiene un fuerte compromiso: trabajar desde la perspectiva de los
pobres.
La pobreza es una realidad humana compleja. La pobreza no es la
condición de un grupo establecido de personas, todos están en riesgo de padecer
pobreza en algún momento de sus vidas. La falta de ingresos per se no puede
medir adecuadamente o explicar la pobreza. Debido a que es multidimensional, la
pobreza abarca todos los aspectos de la vida humana. Factores como la geografía,
vulnerabilidad, limitaciones de edad, discapacidades o enfermedades,
condicionan la experiencia de la pobreza.
Limitaciones estructurales como la exclusión social, la falta de acceso
a recursos y la ausencia de condiciones necesarias que permiten a la persona
participar en la vida social, económica y política, son elementos
característicos de la pobreza extrema, la cual margina a las personas en su
propia sociedad. La impotencia que deriva de estas condiciones socava el
espíritu de la persona y su capacidad para relacionarse con los demás.
En este sentido la Organización de las Naciones Unidas insiste en que la
pobreza va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar unos
medios de vida sostenibles. Entre sus manifestaciones se incluyen el hambre y
la malnutrición, el acceso limitado a la educación y a otros servicios básicos,
la discriminación y la exclusión sociales y la falta de participación en la
adopción de decisiones.
Las crisis recientes:
climáticas, financieras, económicas, de alimentos y energéticas, han derivado
en niveles crecientes de pobreza en muchas áreas del mundo. Los esfuerzos para solucionar las múltiples
crisis han puesto al descubierto algunas deficiencias básicas en el modelo
actual de asociación global para el desarrollo. Entre estos déficits, son clave
la ausencia de un esquema de derechos humanos y la subordinación de necesidades
sociales y ecológicas a la demanda de crecimiento económico.
La erradicación de la pobreza ha demostrado ser un objetivo difícil de
alcanzar. El modelo de desarrollo dominante no ha creado un mundo socialmente
justo, contrariamente, ha puesto en riesgo un futuro sostenible debido a las
emisiones de gases de efecto invernadero de origen antropogénico y a la
explotación desmesurada de recursos no renovables; y ha favorecido a los más
ricos en detrimento de quienes se ven obligados a vivir en la pobreza.
La globalización de los mercados, un proceso que acentúa vínculos e
interdependencias, ha traído consigo un riesgo potencial para el medio ambiente,
y por consiguiente para el ser humano y su supervivencia. En este sentido, la
propuesta del Desarrollo Sustentable busca hacer sostenible la producción por
más tiempo, garantizando la cobertura de las necesidades de generaciones
futuras. El desarrollo sustentable combina tres criterios: el económico, el
social y el ambiental. El ambiental es considerado como el más importante,
incorporando la noción de equidad intergeneracional en el consumo de recursos
naturales.
El criterio social supone la consideración de la equidad
intra-generacional asegurando las mismas oportunidades de acceso a elecciones
económicas. El criterio económico combina el crecimiento económico con el
mejoramiento continuo de la calidad de vida. Visto de esta manera el Desarrollo
Sustentable tiene que ver con desarrollo integral del ser humano y rompe con la
antigua controversia entre crecimiento y desarrollo.
A pesar de múltiples esfuerzos por hacer notar los beneficios de la
sustentabilidad, no se ha logrado frenar el impacto negativo de la
globalización. El nivel de conciencia sobre la importancia de un medio ambiente
sano, no ha permeado a muchas empresas y países como Estados Unidos y China,
considerados responsables del 50% de la contaminación mundial. Por el contrario, muchos países se han unido
a esta competencia por tratar de insertarse en los mercados internacionales
para lo cual los costos ambientales no se incluyen en sus estructuras de costos
y los planteamientos de producción verde implicarían cambios que no pueden ser
asumidos en el corto plazo.
Sustentabilidad implica un crecimiento económico con equidad social; la
plena participación ciudadana en convivencia pacífica en la diversidad cultural
y en armonía con la naturaleza; y la transformación de los métodos de producción
y de los patrones de consumo respetando el equilibrio y mejorando la base
ecológica que se recibe. La definición operativa sobre lo que implica mantener
la sustentabilidad del entorno natural no está exenta de críticas, pero supone
asumir modalidades de producción y de consumo compatibles con los recursos
naturales disponibles, que sean compatibles con las capacidades de asimilación
de residuos y emisiones por parte del medio ambiente, y que permitan conservar
las funciones de soporte de la vida, es decir, el equilibrio de los ecosistemas
y los servicios que ellos prestan. La reorientación que esto implica supone
modificaciones en la dinámica propia de los mercados, pero requerirá ser
complementada con la intervención del Estado, a través del estímulo o la
restricción en la producción de determinados bienes.
El modelo de desarrollo económico latinoamericano se ha basado
principalmente en la transformación de los recursos naturales, sean estos
renovables o no, lo que ha llevado al uso de nuevos espacios. Se trata de la principal fuente de
financiamiento de estos países, lo cual genera un mayor consumo de bienes
materiales, una transformación en el uso del suelo, y un mayor consumo de
energía.
De acuerdo a Quenan (2014) en América Latina, la perspectiva de un
crecimiento económico sostenible y equitativo se aborda desde dos ángulos
complementarios. El primero, es el del uso de los recursos naturales para
alimentar el crecimiento económico; en segundo lugar, se plantean los
conflictos para acceder a los recursos naturales hasta las consecuencias que
tienen las transformaciones ambientales sobre las poblaciones, en términos de
salud, de riesgos, y hasta de justicia ambiental.
Entre los primeros motores del deterioro ambiental en América Latina se
encuentra la urbanización producto del crecimiento poblacional. En el periodo
1970-2015 la tasa de urbanización pasó de 60 a 80%. A pesar de que en los últimos años se ha
evidenciado una desaceleración de este crecimiento, según datos de la
Organización de las Naciones Unidas para el año 2030 un 9% de la población
vivirá en mega ciudades.
Particularmente, Venezuela entra en la categoría de países con una
transición urbana avanzada y en este mismo periodo la población urbana creció
en más del 25%.
Este crecimiento conlleva automáticamente a la necesidad de incrementar
la producción para alimentar a la población, y por lo tanto también genera una
mayor presión sobre la tierra, así como supone la expansión de las ciudades y
el aumento en el consumo de bienes materiales. Adicionalmente se han generado
fenómenos nuevos como la denominada “pobreza urbana”.
En América Latina, los sistemas energéticos constituyen uno de los
factores importantes de las transformaciones ambientales, no sólo por los
efectos de los combustibles fósiles en el clima, sino también por los impactos
directos de la explotación de la energía en las regiones de producción. El
petróleo y el gas son las principales fuentes de energía y pueden representar
hasta dos tercios de la energía primaria, lo que repercute en las emisiones de
Dióxido de Carbono (CO2).
De igual manera, durante las dos décadas de 1990 y 2000, la explotación
minera registró un avance sin precedente en las economías de América Latina. Este movimiento está relacionado con la tendencia
mundial de incremento en la demanda de este sector, justificada principalmente
por el crecimiento económico de China y por el de las industrias eléctricas y
electrónicas, consumidoras de ciertos metales como el cobre o el litio, de los
que América Latina es gran productora.
Los seres humanos siguen siendo una parte integral, en este momento
disruptivo, de la naturaleza. El grado de disrupción generada se refleja en
recientes estudios sobre la “huella ecológica”. El análisis de huellas
ecológicas mide la “carga” humana sobre el planeta en términos del área de
ecosistemas productivos necesarios para sustentar las exigencias de consumo de
cualquier población humana definida, sea cual sea el estándar material que
disfruta en el momento del análisis.
La ciencia y la tecnología han sido fuerzas importantes detrás de las
tendencias positivas y negativas de desarrollo. Aunque por sí misma, no pueden
lograr el objetivo de una mayor sustentabilidad, los individuos y las instituciones deben
elegir cómo usar la información y el conocimiento producidos por ellas. En este
sentido, la sustentabilidad no se puede interpretar únicamente como el manejo
racional del medio ambiente, sino que debe aludir a un proceso de
desenvolvimiento social basado en la interacción constructiva y sinérgica de
las dimensiones ambiental, económica, productiva, sociocultural y política,
sobre la base tecnológica e institucional de la sociedad, respetando y
motivando las diferencias culturales, enriquecidas a través de la comunicación
y el sentido de tolerancia.
La introducción de los
impresionantes avances científicos y tecnológicos y de nuevas formas de
organización laboral, es parte inherente de la optimización productiva de los
procesos. Sin duda, el desarrollo tecnológico y su amplia difusión en todas las
unidades productivas tienen efectos directos en la elevación de los niveles de
producción y de productividad de los recursos humanos, lo cual constituye su
faceta más atractiva.
Sin embargo, parece
presentarse un fenómeno que resulta ambiguo a la vez que inquietante cuando
estos mayores niveles de producción se obtienen con menos mano de obra. En
efecto, a escala mundial, el crecimiento del empleo resulta ser muy inferior al
que naturalmente tiene la fuerza de trabajo. Por otra parte, estos avances no están en su
gran mayoría al alcance de amplios sectores de la población, por falta de
capital para adquirirlos o de destrezas para aprovecharlos; de hecho, aun sin estos
obstáculos los aumentos de productividad resultantes no se transferirían
proporcionalmente a los trabajadores, en particular los asalariados, en forma
de mayores ingresos.
Una tercera faceta que
presenta el desarrollo tecnológico la constituye su relación con el medio
ambiente y, consecuentemente, su sostenibilidad económica y social de largo
plazo. En efecto, una de las debilidades
del nuevo modelo de desarrollo surge de las opciones que se presentan en el
proceso de transformación productiva frente al balance de los recursos
naturales y su disponibilidad en el futuro. Esta determinación plantea serias
interrogantes sobre la viabilidad del paradigma, si bien la mayor
vulnerabilidad surge de la exclusión de vastos sectores de la población del
acceso a las nuevas tecnologías y más aún de su marginación de los frutos de
ese progreso tecnológico.
Por otra parte, no es posible encasillar un tema tan importante como la
preocupación por el deterioro del medio ambiente y el cambio climático, y sus
consecuencias presentes y futuras, en fundamentos teóricos, científicos o
prácticos. Tal imposibilidad abarca también el tratar de delimitar dicho
deterioro a las fronteras de cada país o sus consecuencias al grado de
desarrollo que estos tengan o a las cifras de su Producto Interno Bruto.
Sin embargo, se insiste en esta falacia cuando la Organización de las
Naciones Unidas en su Agenda 2015 para el Desarrollo Sostenible reconoce que
cada país es el responsable de su propio desarrollo económico y social haciendo
evidente el predominio de los intereses nacionales sobre los globales y la resistencia
de los países industrializados a plantearse un cambio en los estilos de vida de
sus sociedades.
Remontando esta historia, el medio ambiente se convirtió en una cuestión
de importancia internacional en 1972, cuando se celebró en Estocolmo la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. Posteriormente, en la Cumbre de
la Tierra del año 1992, en Río de Janeiro, se aprobaron tres grandes acuerdos
en este tema: el Programa 21, un plan de acción mundial para promover el
desarrollo sostenible; la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el
Desarrollo, un conjunto de principios en los que se definían los derechos
civiles y obligaciones de los Estados; y una Declaración de principios
relativos a los bosques.
El Programa 21 incluía propuestas en cuestiones sociales y económicas,
como la lucha contra la pobreza, la evolución de las modalidades de producción
y de consumo, la dinámica demográfica, la conservación y ordenación de los
recursos naturales, la protección de la atmósfera, los océanos y la diversidad
biológica, la prevención de la deforestación y el fomento de la agricultura
sostenible. El seguimiento a este Programa se
realizó en 2002 en la Cumbre de Johannesburgo, con la adopción de compromisos
concretos con relación al Programa 21 y el logro del desarrollo sostenible o
sustentable.
Para alcanzar esta alianza global, los países industrializados y los
países en desarrollo debían adquirir un conjunto de compromisos diferenciados y
complementarios: el Norte, al reconocer que sus modelos de desarrollo y sus
estilos de vida son los mayores causantes de los problemas ambientales más
graves del planeta y que tendrían que traducirse en una transferencia de
recursos nuevos y adicionales hacia los países en desarrollo, así como en una
transferencia de tecnologías, en forma concesional o preferencial. El Sur, por
su parte debía comprometerse a llevar a cabo los programas prioritarios
acordados en Río para colocar estas sociedades en la senda del desarrollo
sostenible y adoptar medidas adicionales de ser el caso para asimilar dichas
transferencias.
Las dificultades de conciliar los intereses internacionales y los
intereses nacionales, conclusión a la que se llega al evaluar las causas de los
objetivos no alcanzados por el Programa 21, derrotaron la consigna que para
resolver los problemas críticos del medio ambiente y el desarrollo, se necesita
una solidaridad global. A esta conclusión se llega en la Agenda 2015 de la ONU
y que lleva la evaluación de sus objetivos hasta el año 2030, junto con la
erradicación de la pobreza, estado sin el cual no se podría lograr el
desarrollo sustentable.
Es importante destacar que América Latina es considerada la zona más
desigual del planeta. Muestra de tal situación son las estadísticas de
distribución del ingreso y pobreza: el decil más acomodado de la población
latinoamericana absorbe 40% del ingreso de la región, mientras que los tres
deciles más pobres apenas alcanzan al 7,5%. La educación, en especial, aparece
como nudo del problema, por los bajos niveles de preparación de la población y
la mala distribución de los años de escolaridad de la fuerza laboral.
Existe un amplio
consenso en torno a la idea de que la educación es una herramienta fundamental
para la erradicación de la pobreza. Cada Estado debe proporcionar la educación
requerida por sus ciudadanos para hacer frente a las dimensiones moral, social,
cultural, espiritual, política y económica de la pobreza. El acceso universal a
la educación primaria es el punto de partida. Una educación permanente que
proporcione habilidades y aumente las posibilidades de empleo, auspicie una
ciudadanía responsable y una integración social exitosa en un mundo cambiante,
es esencial.
En muchos países del
mundo los derechos legales, políticos y económicos otorgados a los hombres son
muchas veces negados a las mujeres. Asimismo, la pobreza y las consecuencias
del cambio climático agravan las desigualdades de género ya existentes. La
discriminación y la violencia contra las mujeres y niñas ocurren a diario. A
muchas mujeres, en especial en zonas rurales, se les niega el derecho a heredar
la propiedad y a ser propietarias de tierras, negándoles a su vez el disfrute
de la seguridad e independencia económicas. El empoderamiento legal de las
personas que viven en pobreza es particularmente urgente entre las mujeres.
A quienes más afecta
la pobreza es a los niños y niñas. Aunque la privación grave de bienes y
servicios perjudica a todos los seres humanos, resulta más amenazante para los
derechos de la infancia: a la supervivencia, la salud y la nutrición, la
educación, la participación y la protección contra el peligro y la explotación.
Establece un entorno que perjudica el desarrollo infantil de muchas maneras:
mental, física, emocional y espiritual.
La pobreza contribuye a la desnutrición, que a su vez es un factor
importante en más de la mitad de las muertes de menores de cinco años en los
países en desarrollo. Alrededor de 300 millones de niños y niñas se van
hambrientos a la cama de todos los días. De esta cifra, solamente un 8% son víctimas
del hambre o de otras situaciones de emergencia. Más de un 90% sufren
desnutrición a largo plazo y carencia de micronutrientes.
Referencias Bibliográficas
Leff, E.
(2010). Globalización, ambiente y sustentabilidad. Disponible: http://www.otrodesarrollo.com/desarrollosostenible/LeffAmbienteGlobalizacion.pdf
Organización
de las Naciones Unidas: Proyecto de documento final de la cumbre de las
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2015. Disponible: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/69/L.85
Quenan,
C. (2014). Los desafíos del desarrollo en América Latina. Disponible: http://www.afd.fr/jahia/webdav/site/afd/shared/PUBLICATIONS/RECHERCHE/Scientifiques/A-savoir/24-VE-A-Savoir.pdf
Rees, W.
(2007). Globalización y Sostenibilidad: ¿Conflicto o Convergencia? Disponible: http://www.fuhem.es/media/ecosocial/file/Sostenibilidad/




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