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domingo, 7 de octubre de 2018

Pobreza, Tecnología y Cambio Climático



POBREZA, TECNOLOGÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO

La pobreza no es solo una cuestión económica de falta de ingresos; por el contrario se trata de un fenómeno multidimensional que comprende la falta de las capacidades básicas para vivir con dignidad. La pobreza es en sí misma un problema de derechos humanos, pues se caracteriza por vulneraciones múltiples e interconexas de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, y las personas que viven en ella se ven expuestas regularmente a la denegación de su dignidad e igualdad.
Los investigadores se enfocan en diez dimensiones interrelacionadas de la pobreza: estilos de vida precarios, áreas excluidas, problemas físicos, relaciones de género, problemas en las relaciones sociales, falta de seguridad, abuso por parte de aquellos en el poder, instituciones des-empoderadoras, organizaciones comunitarias débiles y limitaciones en las capacidades de los pobres.
La inclusión de diversos puntos de vista sobre la pobreza es, hasta cierto punto, el resultado del método, pero representa un enfoque particular sobre la pobreza; esto es: la pobreza no es una condición única, fácilmente identificable, sino un conjunto fluctuante de situaciones. Puede ser que los problemas identificados por la población pobre no sean los mismos que otras personas identifican como “pobreza”, pero de todas maneras estos problemas son importantes para las personas afectadas. Entonces, este enfoque para entender la pobreza tiene un fuerte compromiso: trabajar desde la perspectiva de los pobres.
La pobreza es una realidad humana compleja. La pobreza no es la condición de un grupo establecido de personas, todos están en riesgo de padecer pobreza en algún momento de sus vidas. La falta de ingresos per se no puede medir adecuadamente o explicar la pobreza. Debido a que es multidimensional, la pobreza abarca todos los aspectos de la vida humana. Factores como la geografía, vulnerabilidad, limitaciones de edad, discapacidades o enfermedades, condicionan la experiencia de la pobreza.
Limitaciones estructurales como la exclusión social, la falta de acceso a recursos y la ausencia de condiciones necesarias que permiten a la persona participar en la vida social, económica y política, son elementos característicos de la pobreza extrema, la cual margina a las personas en su propia sociedad. La impotencia que deriva de estas condiciones socava el espíritu de la persona y su capacidad para relacionarse con los demás.
En este sentido la Organización de las Naciones Unidas insiste en que la pobreza va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar unos medios de vida sostenibles. Entre sus manifestaciones se incluyen el hambre y la malnutrición, el acceso limitado a la educación y a otros servicios básicos, la discriminación y la exclusión sociales y la falta de participación en la adopción de decisiones.
Las crisis recientes: climáticas, financieras, económicas, de alimentos y energéticas, han derivado en niveles crecientes de pobreza en muchas áreas del mundo. Los esfuerzos para solucionar las múltiples crisis han puesto al descubierto algunas deficiencias básicas en el modelo actual de asociación global para el desarrollo. Entre estos déficits, son clave la ausencia de un esquema de derechos humanos y la subordinación de necesidades sociales y ecológicas a la demanda de crecimiento económico.
La erradicación de la pobreza ha demostrado ser un objetivo difícil de alcanzar. El modelo de desarrollo dominante no ha creado un mundo socialmente justo, contrariamente, ha puesto en riesgo un futuro sostenible debido a las emisiones de gases de efecto invernadero de origen antropogénico y a la explotación desmesurada de recursos no renovables; y ha favorecido a los más ricos en detrimento de quienes se ven obligados a vivir en la pobreza.
La globalización de los mercados, un proceso que acentúa vínculos e interdependencias, ha traído consigo un riesgo potencial para el medio ambiente, y por consiguiente para el ser humano y su supervivencia. En este sentido, la propuesta del Desarrollo Sustentable busca hacer sostenible la producción por más tiempo, garantizando la cobertura de las necesidades de generaciones futuras. El desarrollo sustentable combina tres criterios: el económico, el social y el ambiental. El ambiental es considerado como el más importante, incorporando la noción de equidad intergeneracional en el consumo de recursos naturales.
El criterio social supone la consideración de la equidad intra-generacional asegurando las mismas oportunidades de acceso a elecciones económicas. El criterio económico combina el crecimiento económico con el mejoramiento continuo de la calidad de vida. Visto de esta manera el Desarrollo Sustentable tiene que ver con desarrollo integral del ser humano y rompe con la antigua controversia entre crecimiento y desarrollo.
A pesar de múltiples esfuerzos por hacer notar los beneficios de la sustentabilidad, no se ha logrado frenar el impacto negativo de la globalización. El nivel de conciencia sobre la importancia de un medio ambiente sano, no ha permeado a muchas empresas y países como Estados Unidos y China, considerados responsables del 50% de la contaminación mundial.   Por el contrario, muchos países se han unido a esta competencia por tratar de insertarse en los mercados internacionales para lo cual los costos ambientales no se incluyen en sus estructuras de costos y los planteamientos de producción verde implicarían cambios que no pueden ser asumidos en el corto plazo.
Sustentabilidad implica un crecimiento económico con equidad social; la plena participación ciudadana en convivencia pacífica en la diversidad cultural y en armonía con la naturaleza; y la transformación de los métodos de producción y de los patrones de consumo respetando el equilibrio y mejorando la base ecológica que se recibe. La definición operativa sobre lo que implica mantener la sustentabilidad del entorno natural no está exenta de críticas, pero supone asumir modalidades de producción y de consumo compatibles con los recursos naturales disponibles, que sean compatibles con las capacidades de asimilación de residuos y emisiones por parte del medio ambiente, y que permitan conservar las funciones de soporte de la vida, es decir, el equilibrio de los ecosistemas y los servicios que ellos prestan. La reorientación que esto implica supone modificaciones en la dinámica propia de los mercados, pero requerirá ser complementada con la intervención del Estado, a través del estímulo o la restricción en la producción de determinados bienes.
El modelo de desarrollo económico latinoamericano se ha basado principalmente en la transformación de los recursos naturales, sean estos renovables o no, lo que ha llevado al uso de nuevos espacios.  Se trata de la principal fuente de financiamiento de estos países, lo cual genera un mayor consumo de bienes materiales, una transformación en el uso del suelo, y un mayor consumo de energía.
De acuerdo a Quenan (2014) en América Latina, la perspectiva de un crecimiento económico sostenible y equitativo se aborda desde dos ángulos complementarios. El primero, es el del uso de los recursos naturales para alimentar el crecimiento económico; en segundo lugar, se plantean los conflictos para acceder a los recursos naturales hasta las consecuencias que tienen las transformaciones ambientales sobre las poblaciones, en términos de salud, de riesgos, y hasta de justicia ambiental.
Entre los primeros motores del deterioro ambiental en América Latina se encuentra la urbanización producto del crecimiento poblacional. En el periodo 1970-2015 la tasa de urbanización pasó de 60 a 80%.  A pesar de que en los últimos años se ha evidenciado una desaceleración de este crecimiento, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para el año 2030 un 9% de la población vivirá en mega ciudades.  Particularmente, Venezuela entra en la categoría de países con una transición urbana avanzada y en este mismo periodo la población urbana creció en más del 25%.
Este crecimiento conlleva automáticamente a la necesidad de incrementar la producción para alimentar a la población, y por lo tanto también genera una mayor presión sobre la tierra, así como supone la expansión de las ciudades y el aumento en el consumo de bienes materiales. Adicionalmente se han generado fenómenos nuevos como la denominada “pobreza urbana”.
En América Latina, los sistemas energéticos constituyen uno de los factores importantes de las transformaciones ambientales, no sólo por los efectos de los combustibles fósiles en el clima, sino también por los impactos directos de la explotación de la energía en las regiones de producción. El petróleo y el gas son las principales fuentes de energía y pueden representar hasta dos tercios de la energía primaria, lo que repercute en las emisiones de Dióxido de Carbono (CO2).
De igual manera, durante las dos décadas de 1990 y 2000, la explotación minera registró un avance sin precedente en las economías de América Latina. Este movimiento está relacionado con la tendencia mundial de incremento en la demanda de este sector, justificada principalmente por el crecimiento económico de China y por el de las industrias eléctricas y electrónicas, consumidoras de ciertos metales como el cobre o el litio, de los que América Latina es gran productora.
Los seres humanos siguen siendo una parte integral, en este momento disruptivo, de la naturaleza. El grado de disrupción generada se refleja en recientes estudios sobre la “huella ecológica”. El análisis de huellas ecológicas mide la “carga” humana sobre el planeta en términos del área de ecosistemas productivos necesarios para sustentar las exigencias de consumo de cualquier población humana definida, sea cual sea el estándar material que disfruta en el momento del análisis.
La ciencia y la tecnología han sido fuerzas importantes detrás de las tendencias positivas y negativas de desarrollo. Aunque por sí misma, no pueden lograr el objetivo de una mayor sustentabilidad,  los individuos y las instituciones deben elegir cómo usar la información y el conocimiento producidos por ellas. En este sentido, la sustentabilidad no se puede interpretar únicamente como el manejo racional del medio ambiente, sino que debe aludir a un proceso de desenvolvimiento social basado en la interacción constructiva y sinérgica de las dimensiones ambiental, económica, productiva, sociocultural y política, sobre la base tecnológica e institucional de la sociedad, respetando y motivando las diferencias culturales, enriquecidas a través de la comunicación y el sentido de tolerancia.
La introducción de los impresionantes avances científicos y tecnológicos y de nuevas formas de organización laboral, es parte inherente de la optimización productiva de los procesos. Sin duda, el desarrollo tecnológico y su amplia difusión en todas las unidades productivas tienen efectos directos en la elevación de los niveles de producción y de productividad de los recursos humanos, lo cual constituye su faceta más atractiva.
Sin embargo, parece presentarse un fenómeno que resulta ambiguo a la vez que inquietante cuando estos mayores niveles de producción se obtienen con menos mano de obra. En efecto, a escala mundial, el crecimiento del empleo resulta ser muy inferior al que naturalmente tiene la fuerza de trabajo.  Por otra parte, estos avances no están en su gran mayoría al alcance de amplios sectores de la población, por falta de capital para adquirirlos o de destrezas para aprovecharlos; de hecho, aun sin estos obstáculos los aumentos de productividad resultantes no se transferirían proporcionalmente a los trabajadores, en particular los asalariados, en forma de mayores ingresos.
Una tercera faceta que presenta el desarrollo tecnológico la constituye su relación con el medio ambiente y, consecuentemente, su sostenibilidad económica y social de largo plazo.  En efecto, una de las debilidades del nuevo modelo de desarrollo surge de las opciones que se presentan en el proceso de transformación productiva frente al balance de los recursos naturales y su disponibilidad en el futuro. Esta determinación plantea serias interrogantes sobre la viabilidad del paradigma, si bien la mayor vulnerabilidad surge de la exclusión de vastos sectores de la población del acceso a las nuevas tecnologías y más aún de su marginación de los frutos de ese progreso tecnológico.
Por otra parte, no es posible encasillar un tema tan importante como la preocupación por el deterioro del medio ambiente y el cambio climático, y sus consecuencias presentes y futuras, en fundamentos teóricos, científicos o prácticos. Tal imposibilidad abarca también el tratar de delimitar dicho deterioro a las fronteras de cada país o sus consecuencias al grado de desarrollo que estos tengan o a las cifras de su Producto Interno Bruto.
Sin embargo, se insiste en esta falacia cuando la Organización de las Naciones Unidas en su Agenda 2015 para el Desarrollo Sostenible reconoce que cada país es el responsable de su propio desarrollo económico y social haciendo evidente el predominio de los intereses nacionales sobre los globales y la resistencia de los países industrializados a plantearse un cambio en los estilos de vida de sus sociedades.
Remontando esta historia, el medio ambiente se convirtió en una cuestión de importancia internacional en 1972, cuando se celebró en Estocolmo la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. Posteriormente, en la Cumbre de la Tierra del año 1992, en Río de Janeiro, se aprobaron tres grandes acuerdos en este tema: el Programa 21, un plan de acción mundial para promover el desarrollo sostenible; la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, un conjunto de principios en los que se definían los derechos civiles y obligaciones de los Estados; y una Declaración de principios relativos a los bosques.
El Programa 21 incluía propuestas en cuestiones sociales y económicas, como la lucha contra la pobreza, la evolución de las modalidades de producción y de consumo, la dinámica demográfica, la conservación y ordenación de los recursos naturales, la protección de la atmósfera, los océanos y la diversidad biológica, la prevención de la deforestación y el fomento de la agricultura sostenible. El seguimiento a este Programa se realizó en 2002 en la Cumbre de Johannesburgo, con la adopción de compromisos concretos con relación al Programa 21 y el logro del desarrollo sostenible o sustentable.
Para alcanzar esta alianza global, los países industrializados y los países en desarrollo debían adquirir un conjunto de compromisos diferenciados y complementarios: el Norte, al reconocer que sus modelos de desarrollo y sus estilos de vida son los mayores causantes de los problemas ambientales más graves del planeta y que tendrían que traducirse en una transferencia de recursos nuevos y adicionales hacia los países en desarrollo, así como en una transferencia de tecnologías, en forma concesional o preferencial. El Sur, por su parte debía comprometerse a llevar a cabo los programas prioritarios acordados en Río para colocar estas sociedades en la senda del desarrollo sostenible y adoptar medidas adicionales de ser el caso para asimilar dichas transferencias.
Las dificultades de conciliar los intereses internacionales y los intereses nacionales, conclusión a la que se llega al evaluar las causas de los objetivos no alcanzados por el Programa 21, derrotaron la consigna que para resolver los problemas críticos del medio ambiente y el desarrollo, se necesita una solidaridad global. A esta conclusión se llega en la Agenda 2015 de la ONU y que lleva la evaluación de sus objetivos hasta el año 2030, junto con la erradicación de la pobreza, estado sin el cual no se podría lograr el desarrollo sustentable.
Es importante destacar que América Latina es considerada la zona más desigual del planeta. Muestra de tal situación son las estadísticas de distribución del ingreso y pobreza: el decil más acomodado de la población latinoamericana absorbe 40% del ingreso de la región, mientras que los tres deciles más pobres apenas alcanzan al 7,5%. La educación, en especial, aparece como nudo del problema, por los bajos niveles de preparación de la población y la mala distribución de los años de escolaridad de la fuerza laboral.
Existe un amplio consenso en torno a la idea de que la educación es una herramienta fundamental para la erradicación de la pobreza. Cada Estado debe proporcionar la educación requerida por sus ciudadanos para hacer frente a las dimensiones moral, social, cultural, espiritual, política y económica de la pobreza. El acceso universal a la educación primaria es el punto de partida. Una educación permanente que proporcione habilidades y aumente las posibilidades de empleo, auspicie una ciudadanía responsable y una integración social exitosa en un mundo cambiante, es esencial.
En muchos países del mundo los derechos legales, políticos y económicos otorgados a los hombres son muchas veces negados a las mujeres. Asimismo, la pobreza y las consecuencias del cambio climático agravan las desigualdades de género ya existentes. La discriminación y la violencia contra las mujeres y niñas ocurren a diario. A muchas mujeres, en especial en zonas rurales, se les niega el derecho a heredar la propiedad y a ser propietarias de tierras, negándoles a su vez el disfrute de la seguridad e independencia económicas. El empoderamiento legal de las personas que viven en pobreza es particularmente urgente entre las mujeres.
 A quienes más afecta la pobreza es a los niños y niñas. Aunque la privación grave de bienes y servicios perjudica a todos los seres humanos, resulta más amenazante para los derechos de la infancia: a la supervivencia, la salud y la nutrición, la educación, la participación y la protección contra el peligro y la explotación. Establece un entorno que perjudica el desarrollo infantil de muchas maneras: mental, física, emocional y espiritual.
 La pobreza contribuye a la desnutrición, que a su vez es un factor importante en más de la mitad de las muertes de menores de cinco años en los países en desarrollo. Alrededor de 300 millones de niños y niñas se van hambrientos a la cama de todos los días. De esta cifra, solamente un 8% son víctimas del hambre o de otras situaciones de emergencia. Más de un 90% sufren desnutrición a largo plazo y carencia de micronutrientes. 

Referencias Bibliográficas
Leff, E. (2010). Globalización, ambiente y sustentabilidad. Disponible: http://www.otrodesarrollo.com/desarrollosostenible/LeffAmbienteGlobalizacion.pdf
Organización de las Naciones Unidas: Proyecto de documento final de la cumbre de las Naciones Unidas para la aprobación de la agenda para el desarrollo después de 2015. Disponible: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/69/L.85
Quenan, C. (2014). Los desafíos del desarrollo en América Latina. Disponible: http://www.afd.fr/jahia/webdav/site/afd/shared/PUBLICATIONS/RECHERCHE/Scientifiques/A-savoir/24-VE-A-Savoir.pdf
Rees, W. (2007). Globalización y Sostenibilidad: ¿Conflicto o Convergencia? Disponible: http://www.fuhem.es/media/ecosocial/file/Sostenibilidad/



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