Subscribe:

Ads 468x160px

miércoles, 8 de octubre de 2014

Colombia

A diferencia del resto de la región, en Colombia ha habido una alta demanda interna con un consumo final de hogares que creció 5,1 por ciento en el primer trimestre. Ese aumento no se ha hecho con base solo en crédito, sino de manera más sana. El consumo de Gobierno aumentó 7,5 por ciento y la inversión creció 16,9 por ciento. 

Esto benefició a varios sectores como la construcción, el agropecuario y los servicios. El crecimiento de estos sectores es importante porque no se ha dado solamente por el renglón minero. Ha habido políticas interesantes como el Programa de Impulso a la Productividad y el Empleo (Pipe), que ha sido un plan muy oportuno que abarca proyecciones de inversión.

Control sobre las alzas generalizadas en los precios sería consecuencia de la política monetaria y cambiaria dirigida desde el Banco de la República de Colombia, que privilegia casi con exclusividad la observancia de la inflación.

Mientras en Latinoamérica el énfasis radica en generar y mantener condiciones de estabilidad, en Asia –aunque no descuidan la inflación– las medidas buscan el crecimiento económico y la generación de empleo. No es que descuiden el alza de precios, pero sí velan con mayor eficacia, por una apertura más recurrente de oportunidades para la población. En todo caso, dos pilares fundamentales de la teoría del desarrollo consisten en: (i) el aumento de las capacidades de las personas por la vía de la educación y capacitación y, (ii) la apertura constante de oportunidades mediante el empleo productivo.

Se estima que una tasa de inflación, incluso por debajo del 6 u 8 por ciento, no estaría necesariamente influenciada por el crecimiento. Estas relaciones entre crecimiento de la producción y elevación generalizada de precios –inflación– se basa en el modelo de la Curva de Phillips.

Es de subrayar,  que como ocurre en muchos países vecinos,  uno de los problemas  radica en el subempleo, en la presencia de economías informales o marginales, también llamadas subterráneas. Las estimaciones indican que al menos el 52 por ciento de la fuerza laboral de Colombia se ubica en este sector.

Esta es una cifra más bien conservadora. Dirigentes de organizaciones laborales del país aseguran, incluso, que un 68 por ciento de la fuerza laboral está subempleada. Una de las mayores dificultades de la población que labora en condiciones de informalidad es no contar con servicios de instituciones en función de seguridad social, no tener –en general– prestaciones laborales ni estabilidad de ingresos, lo que contribuye al mantenimiento de las condiciones de pobreza y actúa como factor fundamental en la limitada capacidad de demanda interna de los países.

Cuando se estudian los resultados generales del impacto de la última crisis financiera mundial, la que tuvo su punto de inflexión el 13 de septiembre de 2008 con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, se tiene que en Latinoamérica los países menos afectados fueron Panamá, Uruguay, Perú y Colombia. Es decir, estas naciones pudieron mantener niveles aceptables de crecimiento económico.

No obstante, al revisar las cifras de desempleo, Colombia destaca como la nación en la cual la desocupación conserva niveles más altos. Una explicación de esta supuesta contradicción resalta al revisar los sectores que impulsan el aumento de la producción en el país: petróleo, minería y actividades financieras. Es decir, un conjunto de actividades que no promueven mayor impacto en la generación de puestos de trabajo.

Por otra parte, a partir de 2010 puede observarse en el país un estancamiento, desaceleración o abierta disminución en el crecimiento de los sectores agrícolas e industriales. Esto es particularmente importante, dado que son estos sectores los más vinculados a la economía real, es decir, a la esfera de la producción relacionada con bienes, servicios y generación de empleo.

Al no existir oportunidades laborales ampliadas anualmente más allá de los niveles de ingreso de las personas que por primera vez se ubican como oferta en el mercado laboral, no es posible pensar en la ampliación, de manera consistente, de la demanda interna del mercado.

Con relación a su tipo de cambio, lo esperable, al menos durante los próximos cuatro años, es que tienda a depreciarse de manera relativa, lo que puede favorecer la exportación de productos y un mayor dinamismo de la producción interna, toda vez que un dólar más caro tiende a desestimular las importaciones. Con ello vendrían condiciones para: (i) una mayor creación de empleo y, (ii) mejoras en la balanza comercial y, eventualmente, obtener cifras en positivo de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Hay que anotar que por cerca de 10 años el manejo del peso logró notables niveles de apreciación en los mercados cambiarios, lo que desestimuló, en general, muchas de las exportaciones, especialmente las de carácter tradicional, con incremento de las importaciones al posibilitarse un dólar relativamente barato. Este escenario golpeó los niveles de empleo y de balanza comercial.

En todo caso, la depreciación de la moneda debe ser manejada de manera muy prudente dado que puede conformarse un escenario en donde se "importe inflación", como consecuencia del patrón de importaciones que posee el país, con el cual se compran en los mercados externos, bienes productivos, como por ejemplo: fertilizantes, semillas, maquinaria, autos.

En estas condiciones, dada la naturaleza de las exportaciones colombianas, lo esperable es que continúen gravitando en torno a materias primas, y/o productos sin mayor valor agregado. En 2003 un 50 por ciento de las exportaciones era industrial, un 10 por ciento agrícola y un 40 por ciento relacionadas con minería. De conformidad con cifras recientes, ahora los productos mineros constituyen un 75 por ciento de la factura de exportación, un 5 por ciento es agrícola y un 20 por ciento industrial.

Esta es una constante nada promisoria ya que, en la medida que la economía profundice su enfoque en productos relacionados con bienes primarios no renovables, no podrá contarse con las necesarias condiciones para poder ampliar los niveles de ingreso de los sectores asalariados. Lo que está relacionado con el problema de la pobreza. 

En efecto, dentro de los retos de carácter estructural vigentes en Colombia está el de superar las condiciones relacionadas con los índices actuales de pobreza e indigencia, o pobreza extrema. Sólo seis países latinoamericanos presentan indicadores de mayor pobreza que Colombia, sin incluir Haití, a saber: El Salvador, Guatemala, Bolivia, Paraguay, Nicaragua y Honduras.

Además de transformar los patrones de exportación para conformar un mayor componente de bienes con valor agregado, y de establecer un enfrentamiento serio y sostenido en la lucha contra la pobreza, la economía colombiana debe encarar los desafíos que representan fortalecer su institucionalidad y los mecanismos tendientes a la atención en servicios sociales. Todo ello con mayor énfasis en los sectores más vulnerables, y por ello más pobres.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Entradas Populares