Venezuela fue un país de precios estables durante buena parte del siglo
veinte. Entre 1951 y 1978, los precios subieron en promedio 2,9% al año.
Teníamos una de las inflaciones más bajas del mundo. Sin embargo, a partir de
la devaluación del 18 de febrero de 1983, el llamado Viernes Negro, los precios
comenzaron a subir a velocidades inusuales para la economía venezolana. La
inflación promedio durante el periodo presidencial de Luis Herrera fue de 13%.
En las elecciones de 1983 Jaime Lusinchi derrotó a Rafael Caldera. Lusinchi
expandió el gasto público y mantuvo un control de cambio con un bolívar
sobrevaluado, que estimuló las importaciones y consumió las reservas
internacionales. Carlos Andrés Pérez llegó al poder por segunda vez en 1989. El
país no tenía prácticamente reservas internacionales.
Pérez implementó un
conjunto de medidas fiscales, cambiarias, comerciales y financieras, con el fin
de disminuir el déficit fiscal y eliminar los controles de cambio y de precios.
En menos de dos semanas, el gobierno de Pérez tuvo que enfrentar el estallido
social que luego fue conocido con el nombre de El Caracazo. Las medidas de
Pérez se implementaron a lo largo de 1989. Durante ese año, la inflación llegó
a 81%. En 1990, la tasa bajó a 37%, mientras que en 1991 fue de 31%.
El
gobierno de Carlos Andrés Pérez enfrentó dos intentonas de derrocamiento en
1992. Una de ellas liderada por el entonces teniente coronel Hugo Chávez Frías.
Ese año, la tasa de inflación fue de 32% y, de acuerdo con cifras oficiales del
Banco Central de Venezuela, la economía estaba creciendo. Aunque sobrevivió
políticamente a un estallido social y dos levantamientos militares, Pérez fue
destituido en 1993 por el Congreso Nacional, tras una solicitud de antejuicio
de mérito hecha por el Fiscal General, Ramón Escovar Salom.
Para ese entonces, lo peor de la crisis económica ya había pasado. Y
muchos consideraban que el programa de ajustes estaba dando resultados. Sin
embargo, el país se enfrentaba a una crisis política. En 1993, la inflación fue
de 46%. Las medidas económicas pasaron a un segundo plano. El asunto es que la
economía no sabe esperar. Rafael Caldera ganó las
elecciones presidenciales el 5 de diciembre de 1993 con el 30,46% de los votos. Y de nuevo las cifras.
Durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el
promedio de la inflación anual en el país fue de 48%. Sin embargo, fue durante
el gobierno de Rafael Caldera cuando la inflación alcanzó su máximo histórico
103% en 1996. Nunca antes en Venezuela
se había registrado una inflación anual de tres dígitos. Aún se estaba muy
lejos de hablar de hiperinflación. Sin embargo, estos niveles de inflación
crónica prepararon el terreno político para que en 1998 llegara al poder el candidato
Hugo Chávez Frías, tras una campaña cuyo discurso, entre sus ejes principales,
tenía una crítica a los procesos inflacionarios durante las décadas anteriores.
Una
vez en el gobierno, Hugo Chávez empezó a implementar una serie de políticas que
sentaron las bases del fenómeno hiperinflacionario: el control de cambio en
2003, los controles de precios, el aumento del gasto público, la estatización
de empresas y el inicio de las expropiaciones son apenas algunas de las medidas
que generaron el caldo de cultivo hiperinflacionario. La clave para entender la hiperinflación en Venezuela es la pérdida de
autonomía del Banco Central.
Muchos países tienen
regulaciones muy duras para impedir que el Banco Central emita dinero para
financiar el déficit fiscal. Un país se encuentra en déficit fiscal cuando sus
gastos superan a sus ingresos. Los países aprendieron
que deben poner obstáculos institucionales que eviten que los gobiernos
sucumban a la tentación de financiar el gasto público a través de la banca
central. Por eso se habla de la necesidad de que los Bancos Centrales sean
autónomos.
En 2003, durante una
transmisión de Aló Presidente, Hugo Chávez pidió al Banco Central de Venezuela
“un millardito”. En la alocución aseguró que si el Banco Central se negaba,
Chávez recurriría a una acción judicial con el Tribunal Supremo de Justicia. El
Banco Central creó un concepto que le permitió satisfacer la demanda de Chávez:
las reservas excedentarias. Y así procedió a entregarle al ejecutivo parte de
las reservas internacionales. Cuando los gobiernos
gastan más dinero del que ingresa, se encuentran en déficit fiscal. Y un
déficit fiscal debe ser financiado.
Cuando un país se encuentra en esa
situación, lo más común es que intenten resolverla aumentando los impuestos,
cobrando impuestos nuevos o contrayendo deuda. Pero los gobiernos tienen otra
forma de financiarse que no está disponible para las familias. Crean dinero como por arte de magia. Es lo que algunos llaman “encender
la maquinita de imprimir dinero”. Una manera de decir que el gobierno,
utilizando el Banco Central, empieza a inyectar dinero en la economía para
pagar sus gastos.
Los economistas
consideran que un déficit fiscal muy grande, que no puede ser financiado
convencionalmente, es peligroso para una economía. En 2007, Venezuela tenía un
déficit fiscal cercano al 3% de su Producto Interno Bruto. En 2014, ese déficit
había crecido a 23% del Producto Interno Bruto, casi un cuarto del tamaño de la
economía. El más alto de la región. En el mismo periodo
Venezuela triplicó su deuda financiera y, efectivamente, agotó las vías
convencionales para cubrir su déficit fiscal.
Desde entonces, el Banco Central
de Venezuela ha aumentado de forma considerable el financiamiento del gasto
público, principalmente a través de préstamos a PDVSA. Ésa ha sido la principal
forma de inyectarle dinero a la economía. El principal
inconveniente que le genera a una economía la inyección de dinero creado para
financiar el déficit es que se pone una mayor cantidad de dinero en la calle a
perseguir la misma cantidad de bienes.
El resultado de esto es inevitable: al
crearse una disposición a pagar artificial mayor por los bienes, los precios
suben. Es decir: se produce más inflación. En el año 2010, la
economía venezolana conducida por Hugo Chávez Frías registraba la mayor
inflación del mundo: 28%. Desde entonces, cada año, Venezuela ha estado entre
las 10 economías con mayor inflación del mundo. En 2012, la expansión del gasto público y el aumento de las
importaciones aminoraron artificialmente la escasez que habían generado las
políticas públicas. Eran síntomas de lo que venía.
Los controles siempre generan menos producción y más desabastecimiento.
Si a eso se le suma la inyección de dinero creado por un Banco Central
dispuesto a seguir financiando el déficit fiscal, sólo se obtiene un resultado:
más y más inflación. Aparte de la cantidad de
dinero que circula en una economía, los precios también se ven afectados por la
velocidad con la cual circula ese dinero y por la cantidad de bienes y
servicios que se produzcan y estén disponibles para la compra.
La velocidad de circulación del dinero está relacionada directamente con
la confianza. Si la gente espera que los precios sigan aumentando, querrán
gastar el dinero lo más rápido posible para poder comprar la mayor cantidad de
bienes antes de que el dinero pierda valor. El aumento de la velocidad de
circulación del dinero se traduce en que cada bolívar es utilizado más veces en
un determinado período de tiempo.
Luego de la muerte de
Chávez en 2013, Nicolás Maduro llegó al poder. Cuatro años después, el financiamiento
del déficit con dinero creado por el Banco Central no ha hecho otra cosa sino
crecer. Desde 2013 hasta agosto de 2018, el financiamiento del Banco Central a
las empresas estatales ha aumentado más de ochenta millones por ciento. En noviembre de 2017, Venezuela alcanzó oficialmente al fenómeno
hiperinflacionario.




