Sembrando Petróleo, debería ser el lema de este país. Brasil es la sexta economía mundial. Una prudente política fiscal y
monetaria, junto con las necesarias reformas microeconómicas, han
aportado a la economía brasileña la solidez necesaria para sobrellevar
la crisis mundial. Después de haber experimentado un crecimiento
excepcional, la economía brasilera parece mostrar signos de agotamiento,
lo que se relaciona con el estancamiento de los precios de las materias
primas de exportación, el estancamiento del consumo interior (debido al
endeudamiento de los hogares) y a la baja de las inversiones. El
crecimiento fue débil en 2012. Volvió a repuntar en 2013 (2,5%) y la
inflación fue de 6%. El crecimiento económico debiera conservar el mismo
ritmo en 2014.
Gran potencia agrícola, Brasil es el primer productor mundial de café, caña de azúcar, naranjas, y uno de los primeros productores de soja. El país atrae a un gran número de empresas multinacionales de la industria agroalimentaria y de los biocarburantes. Brasil cuenta con el mayor volumen de ganado comercial del mundo. Aún así, el aporte de la agricultura al PIB es relativamente escaso: representa únicamente 5,5%, aunque este sector asegura el 40% de las exportaciones. Los bosques cubren la mitad del territorio nacional, teniendo la mayor selva ombrófila del mundo, en la cuenca del Amazonas. Brasil es el cuarto exportador mundial de madera.
Se trata también de un gran país industrial. La explotación de su riqueza en minerales le coloca como segundo exportador mundial de hierro y uno de los principales productores de aluminio y hulla. Como país productor de petróleo, Brasil se propone autoabastecerse a corto plazo (sus reservas podrían convertirlo en uno de los cinco principales productores de petróleo). La importancia del país en los sectores textil, aeronáutico, farmacéutico, automovilístico, siderúrgico y químico es cada día mayor. La mayoría de los grandes fabricantes de automóviles han establecido unidades de producción en el país. El sector industrial representa casi más de un cuarto del PIB.
Gran potencia agrícola, Brasil es el primer productor mundial de café, caña de azúcar, naranjas, y uno de los primeros productores de soja. El país atrae a un gran número de empresas multinacionales de la industria agroalimentaria y de los biocarburantes. Brasil cuenta con el mayor volumen de ganado comercial del mundo. Aún así, el aporte de la agricultura al PIB es relativamente escaso: representa únicamente 5,5%, aunque este sector asegura el 40% de las exportaciones. Los bosques cubren la mitad del territorio nacional, teniendo la mayor selva ombrófila del mundo, en la cuenca del Amazonas. Brasil es el cuarto exportador mundial de madera.
Se trata también de un gran país industrial. La explotación de su riqueza en minerales le coloca como segundo exportador mundial de hierro y uno de los principales productores de aluminio y hulla. Como país productor de petróleo, Brasil se propone autoabastecerse a corto plazo (sus reservas podrían convertirlo en uno de los cinco principales productores de petróleo). La importancia del país en los sectores textil, aeronáutico, farmacéutico, automovilístico, siderúrgico y químico es cada día mayor. La mayoría de los grandes fabricantes de automóviles han establecido unidades de producción en el país. El sector industrial representa casi más de un cuarto del PIB.
Los datos son apabullantes: en esta década prodigiosa brasileña, el
porcentaje de personas que han pasado de clase D a C, con contrato de
trabajo (y con posibilidades de pedir créditos y, por lo tanto, de tener
vacaciones o subsidio de desempleo, hasta convertirse en auténticos
aspirantes a consumidores) ha pasado de ser de 1/3 a 2/3. Una completa
inversión que ha transformado el país. Entre 2004 y 2012, el consumo
interno brasileño se disparó a una media del 7% anual. Un detalle: en
2004 la venta de coches (como la venta de casi todo) comenzó a aumentar:
por entonces rozaba los 100.000 coches al mes. Llegaron, en enero de
2012, a sobrepasar los 300.000. Esta superproducción automovilística
explica (además de ciertos desastres urbanísticos) los ingentes atascos
que atenazan hoy por hoy las grandes ciudades brasileñas, especialmente
Río de Janeiro o São Paulo, convirtiendo en clave el tema de la
movilidad urbana en la campaña electoral.
Una de las herencias de esta fiebre consumista es la inflación,
verdadero talón de Aquiles de la economía brasileña. El Gobierno ha
respetado el límite del 6,5% establecido por el Banco Central, pero
gracias a congelar artificialmente precios como el de la gasolina, lo
que afecta, de rebote, a los ingresos de la mayor empresa del país, la
petrolera estatal Petrobras. Con todo, los especialistas recuerdan que
es un dato que coincide más o menos con la inflación del resto de los
países emergentes.
Aunado al estancamiento del consumo interno, las exportaciones se ralentizaron por la crisis
europea y la norteamericana. Y, especialmente, la crisis argentina, que
afectó a la baja a la venta de automóviles al país vecino. Además, la productividad industrial cayó en los últimos años como
consecuencia no sólo del descenso de las ventas nacionales y
extranjeras, sino de la falta de inversión y del peso de la ingente
burocracia brasileña. Se asegura que todo es coyuntural y que en 2015
el crecimiento volverá a Brasil a razón de un 1,5%. Es cierto que ya no
se registrarán los números asombrosos de la pasada década, pero los
especialistas coinciden en asegurar que, en compensación, la economía
brasileña entrará o ha entrado ya, gracias a esa franja de población que
se ha incorporado a la legalidad, en una fase de estabilidad duradera.
En el fondo, lo que subyace en todo, además, es una gran pérdida de
confianza, tanto de los empresarios como de los consumidores. Y a esa
falta de confianza hay que añadir la incertidumbre. La gente no sabe qué
va a pasar y no compra. ¿Y por qué cayó la confianza? Pues no se sabe.
Eso no lo dicen las encuestas”, se responde Sampaio. Este especialista
añade que, a lo largo de los últimos años, Brasil ha sufrido crisis
parecidas, pero que incluso con peores cifras relativas al desempleo o a
la productividad, esa confianza no se desplomó. “Y ahora sí. Es algo
inclasificable. Un pesimismo difícil de medir. Que tal vez tenga que ver
con un exceso de optimismo anterior, con la certeza de que iba a ser
todo tan fácil, de que no lo ha sido, y de ahí la caída repentina. Tal
vez tenga que ver también con las manifestaciones de hace un año y
medio, con el desencanto que destilaron y que se convirtió en algo
contagioso”.


