Aristóteles,
uno de los filósofos que más ha influido en el pensamiento occidental, sentó las bases científicas para la exclusión
de la mujer del mundo de la ciencia. A partir de su teoría de los humores,
consideró a la mujer como un hombre imperfecto o deformado, ya que el
semen constituía el origen del alma. Para la teoría aristotélica
la masculinidad o la femineidad no tenían nada que ver con la naturaleza
sexual de hombres y mujeres, sino que resultaban de la mezcla específica
de los cuatro elementos, definiéndose el varón por el movimiento
y la hembra por la pasividad. Las características que definen la naturaleza
femenina impiden a las mujeres, según el filósofo, cualquier pensamiento
racional.
Estos principios son
incorporados por el tomismo a la Escolástica de la Edad Media y mezclados
con la creencia judeo-cristiana sobre la creación de la mujer a partir
del cuerpo del hombre, marcarán durante diez siglos las concepciones
sobre el papel de la mujer en la sociedad. Posteriormente influirán en
la tradición de la Filosofía Natural y formarán parte del
cuerpo de conocimientos que prevaleció durante dos mil años.
El humanismo renacentista, como consecuencia de las aportaciones de la nueva filosofía iniciada
por Descartes y Locke, supone una voluntad de redefinir la concepción
de la mujer, que tendrá una gran influencia en los años siguientes.
Los grandes filósofos de la época permanecieron muy silenciosos
sobre las diferencias de género; sin embargo, se considera que hicieron posible el feminismo al replantear los
prejuicios sobre las capacidades intelectuales de las mujeres sobre la base
de ideas distintas, especialmente en sus ataques a la teoría aristotélica.
Para Descartes no hay mentes incapaces de pensamiento racional o
de comprender la ciencia, si son bien entrenadas. Para él la razón
es de la misma naturaleza en todos los humanos y la única diferencia
entre hombres y mujeres son los órganos sexuales.
En los siglos XVI y XVII, con el inicio de la Anatomía
moderna, se intenta demostrar que no existen diferencias sexuales en el cerebro.
Bajo la influencia del positivismo la ciencia se hace empírica, objetiva
y neutral, basando sus conclusiones y sus teorías sobre la inferioridad
femenina en las diferencias de medidas, pesos, etc. El cambio más importante
se produce en la concepción de los órganos sexuales, al dejar
de contemplarse el útero como una especie de animal maligno, dotado de
poderes y movimiento.
El auténtico impulso para investigar las
diferencias sexuales fue político. Los pensadores de la Ilustración
y los teóricos que sentaron las bases ideológicas de la Revolución
Francesa se enfrentaron con el dilema de cómo conciliar la subordinación
femenina con el axioma de la igualdad de todos ante la Ley Natural. La revolución en la vida y en las costumbres europeas
entre 1760 y 1820 culminó con el triunfo de la Teoría de la Complementariedad
sexual, cuyo principal ideólogo y defensor fue Rousseau.
Sus presupuestos radicaban en una constatación muy simple: hombres y
mujeres no son física ni moralmente iguales, sino complementariamente
opuestos, luego no es posible que disfruten los mismos derechos. Con esta teoría,
las desigualdades «naturales», se utilizan para satisfacer las necesidades
de la sociedad europea. Según Rousseau las mujeres no son inferiores
a los hombres, son diferentes, incomparables y, por lo tanto, su papel en la
democracia debe ser actuar como madres y como nodrizas.
Así las cosas, en 1991 la prestigiosa revista Science incluyó
un suplemento titulado Women in Science. En él
se recogen las opiniones de un grupo numeroso de mujeres estadounidenses, dedicadas
al ejercicio de la Neurociencia, la Química y las Matemáticas,
sobre las dificultades que encuentran para llegar a la cumbre de las instituciones
científicentre las dificultades de tipo social se encuentra la triple
carga de ser científica, esposa y madre, en una sociedad que hace recaer
la mayor parte de la responsabilidad familiar sobre la mujer.
Todavía
hoy en día constituye un lugar común decir que detrás de
todo gran hombre hay siempre una gran mujer, cuya misión principal es
comprenderle y facilitarle la vida, pero detrás de la mujer científica
suele haber un profesional preocupado por su propia área de actividad,
cuando no otro científico.
Todas las encuestadas señalan que la
dificultad no radica en acceder a los puestos de investigación, sino
en realizar investigaciones de primera línea. Las científicas
se consideran excluídas de los auténticos centros de poder, constituídos
por hombres, que se sienten más cómodos entre sí. Asimismo,
las mujeres publican menos y lo hacen en revistas de menor categoría,
lo que constituye al mismo tiempo la causa y el efecto de un menor status
científico.
Transformar esta situación exige cambios profundos. Cambios
en la actitud de las mujeres, en nuestra propia valoración y autoestima.
No hay nada inherentemente masculino en la ciencia, sólo es parte del
territorio que correspondió al hombre en la lucha que dividió
el trabajo social e intelectual entre los sexos en la sociedad europea. Cambios
también en las estructuras patriarcales de la ciencia, para hacerlas
más democráticas, más participativas, más transparentes.
Por último, cambios en las mentalidades, para acabar definitivamente
con las tradiciones, los mitos y las cosmologías que durante siglos han
pretendido expulsar a la mujer del conocimiento científico.
Condensado de: Género y ciencia, ¿términos contradictorios?


