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domingo, 31 de marzo de 2019

Crónicas de una Venezuela silenciosa I



Mi nombre es Ana María y les escribo en la noche de una Venezuela sin luz, muy lejos de mi Chile natal, pero dolorosamente cerca de sus otrora circunstancias. Eso tiene de particular el silencio, permite reflexionar y yo pensaba en historias de vida. Decidí dejar de hacer una mueca parecida a una sonrisa, casi dolorosa por ser tan fingida, y asumir la tristeza que me dejó la vida en el exilio. Busco el origen de la mueca para borrarla, pero cada recuerdo me derrumba y me derrota y no logro separar las causas de las consecuencias. 

Recuerdo ese día en particular. Quería ir a jugar con mis amigos de infancia, con aquella familia vecina, feliz y bien estructurada de la calle Aníbal Pinto, pero la reja de su casa se cerró "ese" 11 de septiembre, sin aviso y sin presunción de inocencia; sin piedad, ni los comunistas ni sus hijos eran ya bienvenidos. Miro a la niña de ocho años con las manos clavadas en los alambres de la reja rogando permiso para ser, para estar, para pertenecer, para permanecer, no sé que decirle. Un eco de su llanto es lo que escucho en ese tunel del tiempo que sin querer abrí y no puedo ayudar a mi niña, cómo tampoco pude ayudar a la mujer en la que se convirtió. 

El más simplista de los adagios reza que todo tiene un porqué, pero la única razón que encuentro es la posibilidad de decirles, desde mi experiencia, esto: abraza a tus hijos ahora, ahorita ya, y díles lo importante y valiosos que son, lo especial y único que es el momento presente y lo maravilloso que puede ser el futuro. Les estarás regalando amor y esperanza y no necesitan más. Que aquellas palabras se conviertan en un mantra, una oración diaria y ese sentimiento, convertido en pensamiento, se materializará en acciones asertadas, preludio para una vida plena y feliz, se los juro. Por el contrario, subestimar o ignorar las lágrimas del niño, se puede capitalizar en el resentimiento y la frustración del hombre, en una vida castrada en soledad que regresa a diario a tocar la reja buscando que la abran.

No fue tu culpa amiguita Ivonne, tampoco tú podías abrirla, ese mundo de los adultos es muy raro, un mundo de prejuicios e intolerancia, de desaparecidos, muertos y exiliados. El inframundo de Ingrid, donde por más que quiero olvidar su nombre y su rostro no puedo. Todos los chilenos sabemos quién fue Ingrid y su paso por la DINA. Ese era un rostro sin amor, sin esperanza. Maldita dictadura que nos desnudó y nos mostró quiénes eramos y lo que valiamos. Pinochet, Leight, Merino, Mendoza, generaciones enteras marcadas por la infamia de estos infelices.

Está lloviendo ahora, sigue sin llegar la luz, una vecina indignada cacerolea, mi padre responde subiendo el volumen de una canción del siempre presente Alíyo sigo pensando en como dormir, en el plácido sueño de Ivanka, y en contraste, en el frío de los que sin luz, sin agua potable, sin sueño, y sin sueños, viven en uno de los muchos callejones de mi Venezuela silenciosa, de mi pueblo manso, de mi mansa tierra.


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